Aventura en el Parque Acuático
Me di cuenta en la misma cola de entrada al Parque Acuático. No tenía bañador. Miré a mi hijo y se lo hice saber. Casi me da la risa cuando muy serio me dijo, que yo nunca usaba bañador, que me pusiera el bikini como siempre. Cariño, no lo entiendes, no tengo bikini, ni bañador ni nada con qué bañarme. Mami, ¿cómo te vas a bañar conmigo entonces? No creo que te dejen desnudita como siempre lo haces en nuestra piscina. Su decepción era tremenda. Bueno, dijo él reaccionando al instante, seguro que en la tienda del parque te puedes comprar uno para salir del paso ¿no Mami? Eso espero tesoro, le dije mientras franqueábamos la puerta de entrada.
Directamente nos dirigimos a la pequeña tiendita dónde lo único que encontré fue un insignificante bikini a precio de oro dos tallas por debajo de la mía. Es fin de temporada Señora, me dijo la dependienta mirándome con indiferencia. Te queda muy bien, me dijo mi hijo con tono poco o nada convincente. Pagué y salimos a buscar un sitio donde instalarnos.
Elegí una esquinita con buenas hamacas y bastante sombreada, lo más escondido que pude encontrar. Colocando los bártulos mi hijo me empezó a dar codazos para captar mi atención. ¡¡¡Mami, Mami, mira quien viene por ahí!!! Ante mi mirada interrogativa y con un suspiro de suficiencia me explicó que era un futbolista de nosequé equipo de primera división que acababa de retirarse. El susodicho sujeto iba precedido de dos niños, uno algo mayor y otro más pequeño que mi hijo. ¡ah qué bien! Comenté intentando disimular mi total y absoluta falta de interés. Mientras nos dirigíamos a la primera atracción seleccionada por mi hijo, me fue poniendo al día de las excelencias del ex-jugador. De repente se calló y me hizo entender con gestos, que estaban justo delante de nosotros, en la escalera, guardando cola para subir a la misma atracción. Por primera vez me fijé en el tipo. Llevaba un buen bañador de marca surfera, que a pesar de su amplitud, evidenciaba un estupendo trasero. Su espalda musculosa y bronceada no era nada desdeñable tampoco. Los rizos rubios bastante desordenados le llegaban hasta el cuello. Pensé que necesitaba un buen corte de pelo. Cuando se giró y me miró sonriendo, tuve la certeza de que se cachondeaba de mi lamentable aspecto. He de reconocer que mi autoestima en aquellos momentos, andaba algo maltrecha. A todo esto, mi hijo incapaz de estar callado más de cero coma tres segundos, ya estaba charlando animadamente con los niños del “presunto futbolista”. Andaban enfrascados en una apasionante conversación sobre el último juego de la game-boy. Mi hijo daba explicaciones de cómo pasar a un determinado nivel, utilizando un ataque con un pokémon, cuyo impronunciable nombre soy incapaz de repetir. Los críos le miraban boquiabiertos. Para aumentar mi estupor, el “presunto futbolista” empezó a preguntarle aspectos más concretos del ataque, tanto o más interesado que los niños. Al cabo del rato, cuando yo ya me había hecho a la grata idea de parecer invisible y a modo de disculpa, me comentó que llevaban atascados en ese nivel todo el finde y que eran incapaces de pasar al nivel superior. Bueno, dije yo por primera vez, mi hijo debe entender algo de eso, lleva pegado a la puñetera maquinita toda la semana. Entonces intervino el mayor de los niños y preguntó al mío si después de bajar por los toboganes podría acompañarles para pasarles el nivel. Tenemos la game-boy aquí, en el bolso de las toallas. De repente noté cuatro pares de ojos clavándose interrogativos y suplicantes en mí. No pude responder pues peldaño a peldaño habíamos llegado al final de la escalera, y padre e hijos se estaban acomodando en la barquilla redonda. Aliviada pensé que desaparecerían de mi vista de un momento a otro, pero cual no sería mi sorpresa cuando la encargada dijo que se necesitaban cinco personas para ocupar el flotador y antes de que yo pudiera reaccionar, mi hijo ya estaba dentro increpándome para que subiera. Miré atónita y cogí recelosa la mano que el “presunto futbolista” me tendía sonriente. Al sentarme junto a él no pude evitar que nuestras piernas se rozaran y para mi estupor noté como una descarga eléctrica me recorría toda la pierna. Dando un respingo le miré comprobando por su expresión que él había sentido lo mismo. Antes de poder mediar palabra ya nos estábamos deslizando por la pendiente a toda velocidad. Los críos gritaban entusiasmados, mientras yo luchaba por permanecer lo más alejada posible del “presunto-eléctrico-futbolista”, rogando a todos los dioses que el diminuto bikini se quedara en su sitio. Tras la última pendiente “amerizamos” con un tremendo chapoteo y salimos del agua entre risas infantiles.
Andaba yo ocupada en intentar recolocar mi voluptuoso cuerpo en tan exiguo trozo de tela, cuando oí que no me preocupara, que me quedaba fenomenal y que ni siquiera se notaban las dos tallas menos. Me volví incrédula y allí estaba él, sonriendo inocentemente. Confesó que estaba en la tienda en el momento de la compra. Lo siento, dijo con franqueza, no pude evitar enterarme de todo. Venga, añadió como si tal cosa, vamos a tomar algo fresquito mientras los críos pasan el maldito nivel, luego podemos seguir mortificándonos con los demás descensos. Por cierto, me llamo Bernard, y estos son Pablo y Rodrigo, dijo mientras me tendía la mano. Noté la sonrisa de mi hijo ante la confirmación de sus elucubraciones sobre el “presunto futbolista”. Me llamo Boni, contesté mirando su mano con aprehensión, y mi hijo, Felipe. Mis amigos me dicen Felip apuntó él. Finalmente estreché su mano, notando con alivio la ausencia de descarga eléctrica. No suelo dar calambre, comentó como adivinando mi pensamiento.
La verdad es que mi nivel de sociabilidad andaba bajo cero y me apetecía estar con desconocidos deseosos de pasar niveles en la game-boy, tanto como que me dieran una patada en el mismísimo, pero cuando miré la cara suplicante de mi hijo, no pude negarme y suspirando acepté. ¡Qué despliegue de entusiasmo! Comentó sarcásticamente Bernard mientras echaba a andar abriendo la comitiva.
Tenía que reconocer que mi hijo estaba encantado con sus recién estrenados amigos y egoístamente pensé que si conseguía encasquetarlo con aquella buena gente, yo podría esconderme a tomar la sombra un ratito. Deslizarme a toda velocidad por túneles y precipicios mientras traicioneros chorros de agua a presión te impiden la visión y casi la respiración, no es, precisamente, mi idea de diversión. Aunque a decir verdad, en los últimos tiempos, “diversión”, había sido un concepto tan ausente de mi vida que me costaba recordar en qué consistía.
Y ahí andaba yo, pensando todo esto, cuando un retazo de conversación me devolvió a la realidad. Mi hijo estaba intentando disculpar mis huraños modales, contando que su padre acababa de abandonarnos por una rubia siliconada que parecía su hija. Tiene los morros como salchichas y habla como la pija más pija de todas las pijas. Parece como si mi padre se hubiera vuelto imbécil de repente. Yo no sabía dónde meterme y hubiera sido tremendamente gratificante que la tierra se abriese a mis pies y me tragase sin dejar el menor rastro de mi persona. No hables así de tu padre, fue lo único que acerté a decir.
Llegamos al sitio dónde estaban ubicados el futbolista –ya no presunto- y sus hijos, y nos sentamos en el bar mientras los niños se arremolinaban alrededor de la maquinita absorbe-cocos.
Oye, por mí te puedes ir a pasar el puñetero nivel con los críos, yo estoy bien aquí, dije con la cortesía y don de gentes que me caracteriza. Haciendo caso omiso a mi desplante, se sentó junto a mí y con tono conciliador y paternal me dijo que todo era cuestión de tiempo, que ya se me pasaría. Por lo visto él llevaba ya un año en esa situación y se sentía todo un experto. Le miré por primera vez a la cara y le dije que le agradecía sus buenas intenciones, pero que sinceramente, me importaba un bledo su vida privada y no tenía la menor intención de contarle la mía. Tampoco hace mucha falta, dijo algo molesto, ya se ha encargado Felip de ilustrarnos muy adecuadamente. Sólo quería decirte, que entiendo como debes sentirte, yo ya he pasado por ahí. ¿A sí? Contesté con manifiesto cabreo ¿tu mujer también te ha dejado por una rubia de bote con los labios como salchichas? Por un momento me miró sorprendido y de repente se echó a reír. Si no estuvieras tan avinagrada lo mismo hasta eras simpática, dijo entre carcajadas. Sí, lo mismo… dije yo entre dientes.
Ya está, anunció mi hijo orgulloso. Misión cumplida. Ya podemos volver a las atracciones. Seguimos todos juntos ¿no? Así es más divertido. Comprobé horrorizada como cuatro rostros asentían sin dudar. Mi expresión debió ser bastante reveladora y para mi sorpresa Bernard me rescató. ¿Qué os parece si nos vamos los chicos y dejamos que la chica se quede tomando el sol? ¿Puedo Mami? ¿Puedo irme con ellos? La verdad es que era justo lo que yo quería, pero por cortesía tenía que hacerme un poco la dura… No sé… dije intentando ocultar mi entusiasmo… Prometo cuidar de él, añadió el futbolista. ¿Sabrás volver a nuestras hamacas? ¡Claro que sí Mamá! Contestó mi hijo casi ofendido. ¡Hecho! Dijo Bernard levantándose. Nos vemos a la hora de comer.
Apuré mi cervecita mientras ellos se alejaban entre risas, discutiendo por la preferencia de las atracciones. Por primera vez durante días, disponía de un par de horas por delante, sólo para mí y me pareció un lujo digno de una auténtica marajá.
Me fui a buscar mi sitio, dando bastantes vueltas, pues el sentido de la orientación no es uno de mis fuertes, y cuando por fin encontré mi hamaca me tumbé a la sombra dispuesta a disfrutar de mi ratito de soledad.
Comencé a pensar en el futbolista. Era guapote y de cuerpo estaba pero que muy bien, y encima, simpático. Pensé que en una supuesta escala de follabilidad, del uno al diez, podría muy bien colocarse en un 9,75, claro que eso dependía sustancialmente de su dotación. Siempre me han gustado los hombres de contundentes herramientas. Digan lo que digan y por lo que a mí respecta, el tamaño sí que importa. Llevaba semanas de abstinencia sexual y aunque me negara a reconocerlo, lo echaba en falta. De hecho, era lo que más añoraba de mi vida conyugal. Empecé a acariciar la idea de disfrutar de un rato de placer con el chico futbolista. Siendo tan atlético tendría bastante aguante. La capacidad aeróbica es muy importante a la hora del sexo. Para uno rapidito, cualquiera está preparado, pero para una sesión de sexo, de las que a mí me gustan, hay que estar muy en forma. Sonreí y en ese momento decidí que estaba dispuesta a evaluar la “capacidad aeróbica” del muchacho. No tenía nada que perder y mucho que ganar. Me acomodé en la hamaca y dejé volar mi imaginación.
Me despertó el dulce roce de unos labios. Abrí un ojo viendo la carita de mi hijo que me miraba amorosamente. Mamá parecías la princesa del cuento. Es verdad, confirmó otro niño. Sí, sí, tienen toda la razón, oí decir al futbolista con tono de chufla. ¿Nos vamos a comer? Estamos hambrientos y hemos encontrado un sitio que tienen unos bocatas de jamón con muy buena pinta. Pues a por ellos, dije levantándome de un salto. La verdad es que yo también tengo hambre. Parece que te ha sentado bien la siesta, dijo cautamente el futbolista. Sí, la verdad es que me encuentro fenomenal, respondí mirándole fijamente a los ojos. Soy otra persona, añadí enigmática. Después de dar buena cuenta de los bocatas los críos se fueron a descansar un rato y a jugar con la maquinita mientras Bernard y yo hablábamos animadamente. Descubrí que nos alojábamos en el mismo hotel y acordamos que cenaríamos todos juntos.
Había decidido dejarme seducir por el futbolista y si eso no funcionaba, seducirlo yo a él. Necesitaba sentirme una mujer deseada así como una buena ración de sexo de manera urgente e inminente.
Ya en mi habitación me dediqué a arreglarme cuidadosamente. Después de la ducha me obsequié con un buen masaje de crema hidratante aromatizada con flor de loto, mezcla que yo misma preparo con la esencia que, regularmente, me envía Yousef, un amigo muy especial que conocí en Egipto. Caí en su preciosa tienda de perfumes y esencias por azar y congenié al instante con el guapo y encantador dueño. Tardé tres días en salir de allí y para entonces Yousef había encontrado la esencia que me acompañaría toda mi vida y yo un amante excepcional. El aroma de ésa flor es el más sensual y excitante que conozco. Se trata de la fragancia que usaba la bella Nefertari, según me informó mi experto amante perfumero. Afortunadamente, había metido un vestido en el último momento, segura de que no lo utilizaría. El generoso escote dejaba entrever mi atractivo canalillo. La seda, se pegaba a mi cuerpo marcando mi silueta de manera sensual sin caer en la vulgaridad. El color resaltaba mi bronceada piel y las sandalias de interminable tacón, terrible tortura para quien no los acostumbra, eran, sencillamente irremplazables. Mi inquisitiva mirada en el espejo me hizo descubrir que se notaba el elástico de las braguitas, así que, con un rápido movimiento me las quité. Siempre es bueno tener una excusa para deshacerse de tan abominable artilugio.
No uso maquillaje, pero siempre me pinto los labios. Es el rasgo que más se distingue de mi rostro, labios carnosos y bien torneados, objeto de complejo en mi niñez. ¡Quién me iba a decir a mí que ahora todas suspirarían por unos así! Los pinté de rojo fresa dándole una capa de brillo. Mi hijo estaba absorto viendo la tele, cuando le pregunté su opinión fue contundente. Mami estás fantástica. ¡No pareces una madre! Sin querer profundizar en su comentario, salimos hacia el restaurante.
La noche era cálida y estrellada. El perfume del jazmín se mezclaba con el de la dama de noche. Aspiré profundamente. Me sentía expectante y nerviosa cual adolescente ante una primera cita. La ausencia de ropa interior, me hacía ser consciente de mi sexualidad. Notaba el suave tacto de la seda en mi piel como una deliciosa caricia. De alguna manera, toda esa sensualidad tendría que percibirse y yo esperaba que el futbolista fuera capaz de identificarla, actuando en consecuencia.
Cuando llegamos al restaurante ya estaban sentados. Bernad se levantó cuando llegamos, para colocarme la silla y según me sentaba me susurró al oído que estaba espectacular. Se lo agradecí con una franca sonrisa.
Sin quitarme los ojos de encima, me informó que ya había pedido la cena de los niños y que esperaba que me gustara el marisco, porque lo había encargado para los dos. ¿Qué vamos a beber? Pregunté, me apetece cava bien frío. Me gusta el marisco con el cava, es más suave que el champán, menos cabezón y encima estamos en la tierra del buen cava. Excelente elección, contestó mientras llamaba al camarero.
Los niños cenaron charlando animadamente, mientras yo desplegaba todas mis dotes de seducción, descubriendo aliviada que aún tras años de no tener que utilizarlas, seguían intactas.
En cuanto los niños se tomaron el postre, dijeron que se iban a la habitación a ver la tele, y nosotros nos quedamos solos y aliviados. Bernard acercó su silla y me susurró al oído que estaba deseando quitarme ese precioso vestido y que si no nos íbamos pronto, lo haría allí mismo. Yo como si no hubiera oído nada seguí succionando cada pata de mi nécora sin dejar de mirarle a los ojos. No hay nada más erótico que comer marisco con alguien a quien deseas y tuve la certeza de su erección. De repente noté su mano debajo de la mesa, en mi pierna. Lentamente se fue abriendo camino entre mi vestido hacia arriba, para encontrarse con la humedad de mi sexo. Yo seguía chupando y sorbiendo mi nécora, sin dejar de mirarle, pensando que, en breve, en vez da la pata de nécora tendría algo más excitante que llevarme a la boca. Sólo cuando acabé tanto mi nécora como mi copa, me levanté y cogiéndome de su brazo salimos del restaurante. Cruzando los jardines de camino a la habitación, me paré en seco y le besé ardientemente apretándome contra él y comprobando que, efectivamente, su erección era reconocible incluso a través del pantalón. La tengo que me va a estallar, me dijo mientras me apretaba contra él sujetándome por los glúteos. Por favor vámonos, me increpó con urgencia.
En cuanto cerré la puerta de la habitación me puso cara a la pared y subiéndome el vestido me penetró por detrás sin mediar palabra. Noté su miembro duro, caliente, embistiéndome con fuerza, clavándome su enorme verga hasta las mismísimas entrañas. Por fin la sentía dentro. Oleadas de placer me subían hasta la garganta estallando en gemidos. Allí mismo, tuve un orgasmo tan fuerte que me temblaron las piernas. Debió notarlo pues me cogió en brazos y me tumbó en la cama.
Me quitó el vestido lenta y diestramente y sin dejar de mirarme se fue quitando su ropa, entonces me abrió las piernas y colocándose entre ellas empezó a beberse mis fluidos más íntimos. Su lengua se arremolinaba alrededor de mi clítoris haciéndome estremecer de placer. Le pedí que se diera la vuelta para que pudiera corresponder a tanto placer y nos devoramos mutuamente ansiosos e insaciables. A punto estaba de alcanzar el clímax cuando deshizo el número y cogiendo mis piernas y colocándolas sobre su torso me penetró con urgencia mientras acariciaba mis senos. Me encantaba su manera de poseerme, fuerte y casi salvaje, dándome unas embestidas que pensé me partirían por la mitad. Volví a tener otro fabuloso orgasmo, pero sin dejarme descansar, me colocó a cuatro patas y me siguió bombeando con fuerza y energía de manera casi violenta. Jamás pensé que me excitaría tanto, sentirme de tal modo dominada. Volví a correrme de manera bien reconocible y caí rendida boca abajo. Sólo entonces noté su eyaculación en mi espalda, tibia y resbaladiza.
Se tumbó junto a mí respirando agitadamente. Perdona, me dijo algo azorado, creo que he sido poco delicado. Has sido muy bruto, pero me ha encantado ¿o es que no lo has notado? Sí que lo he notado, me contestó y es esa manera de disfrutar que tienes la que me ha hecho perder la cabeza. Pues la pierdes muy bien, dije yo, mientras me dirigía a la ducha. Oye, ¿por qué no vas a echar un vistazo a los niños? Te espero aquí ¿vale? Vale Jefa, le oí que decía mientras yo abría el grifo de la ducha.
El agua caliente resbalaba por mi cuerpo. Había tenido varios orgasmos, pero lejos de calmarme me sentía aún más excitada que antes de comenzar. Ya sabía como actuaba y me había quedado muy impresionada. Era toda una novedad para mí, acostumbrada a dirigir en las relaciones, sentir ese grado de sometimiento. Deseaba volver a repetir. ¿Estaría dispuesto? Si no lo estaba se me ocurrían bastantes formas de “levantar sus ánimos”. Ya me había secado y puesto una túnica negra transparente que mucho sugiere y nada esconde, cuando oí los golpecitos en la puerta.
Me confirmó que los niños estaban dormidos. Los suyos se habían puesto el pijama, el mío se había quitado los pantalones y todos dormían plácidamente. Tienen que estar molidos, con el día que han tenido.
Nos sentamos en la terraza. La noche era cálida y acogedora. Saqué mi cajita y empecé a liar un canutito de marihuana. Yo no fumo, me dijo Bernard algo cohibido. Yo tampoco, conteste muy digna, pero últimamente tengo problemas para dormir y esto ayuda a relajarme. Tú vas a fumar conmigo y vas a ver que bien nos va a sentar. Fumamos en silencio, disfrutando de la noche y de nuestra recién estrenada intimidad. Estábamos bastante colocados y le pregunté si lo había hecho estando fumado alguna vez. Creo que ésta va a ser la primera, me dijo mientras me miraba fijamente. Me levanté despacio y le quite los pantalones entonces hice que se sentara de nuevo y allí mismo me hinqué de rodillas y me la metí en la boca. No la tenía erecta pero tampoco del todo chuchurría y según la iba chupando notaba como crecía dentro de mi boca. Es una sensación que me encanta, notar como se endurece dentro de mi boca. Al momento la volvía a tener como una piedra. Vaya, que sorpresa, pensé que ya habías tenido bastante, me dijo entre gemidos. De eso nada. Pienso sacarte hasta la última gota. Exprimirte como a un limón…
Sin quitarme la túnica me senté a horcajadas sobre él y comencé a cabalgarle sin compasión. Me gustaba llevar el ritmo y el control y al cabo de un rato tuve un soberbio orgasmo. Nos levantamos y volvimos a la cama, impacientes y excitados. Me arrancó la túnica y empezó a trastearme el ano. No había traído ninguna crema lubrificante, pero salté a por un poco de aceite corporal. Me untó con generosidad y me penetró sin demasiada delicadeza. Si no hubiera estado tan excitada me habría hecho daño, pero al momento noté como mi ano se dilataba adaptándose con naturalidad al tamaño de su miembro. Tuve repetidos orgasmos antes de que él se decidiera a cambiar de posición. Por favor dame un respiro, le pedí entre gemidos. Está bien, me contestó. Mientras me la lavo bien lavada, pide que nos traigan algo de beber, tengo la boca como un zapato. Eso es efecto de la maría, le contesté entre risitas.
Mientras llamaba al servicio de habitaciones pensé que todo estaba saliendo a pedir de boca. La capacidad aeróbica del muchacho era sobresaliente y había superado cualquier índice en mi supuesta escala de follabilidad. Era apenas media noche y disponíamos de ocho o nueve horas para seguir disfrutando del sexo.
Suspiré y por primera vez en semanas, me sentí feliz.