El Jardin de Boni

Saturday, December 08, 2007

Surfeando en Tarifa

Surfeando en Tarifa

Había dormido poco y mal así que decidí dejar de dar vueltas en la cama, levantarme e irme a la playa a trotar. Necesitaba sudar mucho, eliminar todas las toxinas de mi cuerpo, a ver si con un poco de suerte eliminaba también toda la ansiedad, frustración, y porqué no decirlo, toda la mala leche que llevaba acumulada desde hacía semanas, debido a mi abstinencia sexual.
Era muy temprano, no habría nadie en la playa.

Salí a la hermosa mañana de cielo color azul indeterminado, que presagiaba otro magnífico día. La marea estaba muy baja dejando una gran franja de arena color miel y dura, todo un lujo para un corredor. Es el firme ideal para correr descalzo y a mí me encanta hacerlo así. Respiré profundamente y comencé a trotar suavemente. Miré los kilómetros de playa que se extendían ante mí. Sólo tenía que relajarme y disfrutar. Fui acelerando la marcha a medida que notaba el despertar de mi cuerpo. Cuando corro, tengo la impresión de que es el conjunto de huesos, músculos y tendones el que me dirige, yo sólo sigo obediente y sumisa sus directrices.

A lo lejos noté un bulto negro cerca de la arena. Parecía una roca, pero no la recordaba allí. Curiosa, me fui acercando hasta comprobar que la roca no era otra cosa que un surfista con su traje de neopreno. Estaba inmóvil, hecho un ovillo. Sólo me faltaba encontrarme con un fiambre mañanero. Pasé por su lado y no se movió, seguí con mi carrera, notando muy a mi pesar una punzada de remordimiento por no haber comprobado si solamente estaba plácidamente dormido o la había irremediablemente espichado. Bueno, decidí, si está dormido estupendo y si está dormido para siempre jamás, pues lo mismo dará que lo compruebe a mi vuelta ¿no?

Seguí con mi carrera intentando aparcar en un rinconcito de mi mente al posible surfista-fiambre. Lo conseguí a duras penas y a mi vuelta, el susodicho seguía en la misma posición. Me paré jadeando y le observé detenidamente. ¿Respiraba? Me acerqué más para comprobarlo, no notaba nada, me acerqué aún más y cuando estaba a punto de rozarle segura de comprobar que estaría frío como el muerto que aparentaba ser, abrió los ojos de par en par, yo di un respingo y caí al suelo de culo, soltando un alarido de terror. La impresión del pobre sulfero al abrir los ojos y encontrarse semejante escena tuvo que ser tremenda también, pues su grito fue estremecedor. Semi-incorporado y medio dormido aún, se me quedó mirando interrogativamente con cara de pocos amigos. Perdona, acerté a farfullar mientras me levantaba, es que pensaba que estabas muerto. Pues no lo estoy, aunque casi me matas del susto. Lo siento. De verdad, dije bastante cortada. De repente me entró la risa, y no pude evitar estallar en carcajadas. Joer tía, estás pillá, dijo el surfero entre dientes. Si te hubieras visto la cara… acerté a decir entre carcajadas. Pues anda que la tuya… dijo él, contagiándose a su pesar de mi ataque de risa.

Me llamo Boni, le dije en cuanto pude hablar. Yo soy Hans, aunque puedes llamarme Lázaro, dijo él riendo su ocurrencia. Empezó a estirarse y desperezarse, entre contundentes bostezos. Me voy a nadar un rato ¿te apuntas? Me dijo mientras se levantaba. Se dio la vuelta señalando la cremallera de neopreno para que se le abriera y en cuanto lo hice se quitó el traje de un tirón. Para mi sorpresa no tenía bañador debajo y sin más se encaminó hacia el agua. Yo dudé un momento y finalmente me quité mi top y los pantaloncillos de correr y le seguí. Nadamos en silencio durante un rato. Era un excelente nadador y me costaba mantener el ritmo, pero mi espíritu competitivo emergía una vez más. Me encantaba nadar y lo hacía con regularidad en piscina climatizada, pero hacerlo desnuda y en el mar era sencillamente, lo mejor. El agua estaba deliciosa, algo fría pero deliciosa. Para ser una tía, nadas de putamadre, me espetó el surfero. Me gusta nadar… y correr… y ser una “tía” dije con retintín. ¿surf? No, nunca lo he intentado. Parece que te mola ir a tu bola, así que te flipará el surf ya lo verás, de eso me encargo yo. Sin más dio media vuelta y empezó a nadar hacia la orilla.

Salimos del agua y me quedé algo cortada, allí frente a él completamente desnuda y tiritando. Oye, le dije sin pensarlo mucho, me voy a mi bungalow, está aquí mismo, si quieres te invito a desayunar. Vale, me dijo, mientras recogía su neopreno sin ninguna intención de ponérselo. Yo recogí mi ropa y empecé a caminar. ¿Sabes? Le oí decir casi a gritos mientras me alcanzaba, estas buena que te cagas, soltó con total naturalidad. Nada fino, pero elocuente, pensé mientras aceleraba el paso.

En cuanto llegamos al apartamento, se repanchingó en una tumbona de la terraza y yo me fui a la ducha. Fue entonces cuando reflexioné sobre lo raro de la situación. Acababa de meter en mi casa a un perfecto desconocido ¿y si se trataba de un asesino en serie descendiente directo de Jack el Destripador? Desde luego no lo parecía, y en cualquier caso, ya se vería…

Me sequé y me puse una camiseta más por comodidad que por cubrir un cuerpo que ya había sido inspeccionado y evaluado con anterioridad.

Cuando me asomé a la terraza volvía a estar dormido como un tronco, sólo que ahora portaba una magnífica erección. Madre mía, pensé, la tiene como una estaca. Era de unas dimensiones más que aceptables y tenía un glande protuberante y rosado. Los testículos eran grandes y poco velludos, rubiajillos, casi pelirrojos, invitaban a la caricia. Tuve que hacer un gran esfuerzo para meterme en la cocina y no arrodillarme ante ellos para toquetearlos, así como las partes aledañas, que es lo que realmente me apetecía. Primero desayunar, me dije, luego, ya se verá.

Al cabo de unos minutos ya estaba dispuesta una mesa surtida de deliciosos y apetecibles manjares. Té y zumo de naranja recién exprimido, rebanadas de pan moreno de Tarifa, el mejor del mundo entero y pueblos limítrofes, buen aceite de oliva, miel de romero, bollería casera y embutidos ibéricos. Hans se había vuelto de lado con lo cual no veía si seguía erecto o no. Le llamé y serví el té mezclándose el aroma a matalahúga y canela con la fresca brisa mañanera. Entre bostezos se acercó a la mesa y se sentó, mientras se rascaba sin disimulo las partes pudendas. Joer tía como mola… Adelante, le invité yo, atacando una tostada. Por cierto, le dije sin mirarle, no veas como el sol te “levanta los ánimos”. Si lo dices por la polla, contestó al momento, en cuanto me da el sol en los huevos, se me pone como una piedra. Ya, ya, algo he notado, comenté.

Mientras dábamos cuenta de los víveres, me contó que era medio holandés medio tarifeño y que estaba pensando en quedarse a vivir definitivamente en los alrededores de Tarifa, tras haber terminado sus estudios allí. Esto es el paraíso para un surfero como yo, me dijo con la boca llena. Yo le dejé hablar. La verdad es que me importaba un bledo su futuro laboral en la zona y desde luego no tenía intención de contarle mi vida, pero la imagen de su miembro erecto me obsesionaba y lo único que pretendía era llevármelo a la cama en cuanto terminásemos el desayuno.

Me levanté y empecé a recoger los restos del desayuno, y él me siguió hasta la cocina. Cuando iba a salir de nuevo, me cortó el paso plantándose en la puerta, volvía a lucir una tremendísima erección. Vaya, le dije mirándole fijamente la polla, ahora no te está dando el solecito. No… ahora no… dijo mientras me atraía hacia él rodeándome con sus brazos. Me dio la vuelta y restregó su paquete contra mi desnudo culo. Yo me apreté contra él, encantada del carácter que tomaban los acontecimientos.

Empujándome mientras me mordisqueaba con mimo el cuello, me inclinó sobre la encimera y me empezó a penetrar lentamente desde atrás.

Centímetro a centímetro iba notando como su miembro se abría camino dentro de mí. A medida que me iba humedeciendo, su polla se adaptaba a mi anatomía de manera sumamente placentera. Cuando todo aquello estaba dentro de mí empezó a moverse más rápidamente mientras yo gemía y me retorcía de placer hasta que mi orgasmo fue evidente. Entonces me cogió en un rápido movimiento y me sentó en la encimera, apoyando mis piernas en su moreno y peludito torso. Joer
colega, con tu flexibilidad y mi potencia, lo vamos a pasar de maravilla. Yo gemí al notar que me la metía del tirón, de manera brusca. Con cuidadito al principio, le recriminé. Lo siento colegui, se me fue la olla. No es precisamente “la olla” lo que se te ha ido, le dije apretándome contra él, lenta y suavemente. Entre risitas empezó a moverse de manera circular mientras yo me retorcía, loca de gusto. Me sacudía de forma casi brutal, pero supongo que le animaban mis gritos de placer y mi invitación a hacerlo aún más fuerte. De nuevo volvía a tener otro estremecedor orgasmo. Me levanté de la encimera y cogiéndole suavemente por el rabo le conduje a mi dormitorio, explicándole que la encimera de la cocina ya había cumplido sobradamente su cometido. Sin soltar lo que traía entre manos, me senté en el borde de la cama y me dispuse a hacerle una buena felación, después de todo, el muchacho se la había ganado.

No es por echarme flores, pero soy una consumada experta en cuanto a sexo oral se refiere. Poseedora de una boca de considerables dimensiones y unos labios a juego, me consta que la mamo de maravilla y así me lo confirmó mi joven surfero. Al cabo de un rato, me separó suavemente y me subió a la cama, colocándome en cuadropedia. De nuevo me penetró con energía y firmeza, montándome con una contundencia encomiable. Y de nuevo volví a correrme entre gritos y alaridos de placer, entonces, me dejó caer en la cama y note su eyaculación caliente y viscosa derramándose por mi espalda.


De un salto salí de la cama y me dirigí a la ducha y al momento entró conmigo. Tía, eres una leona en la cama, me dijo mientras me arrancaba el telefonillo de las manos y se ponía a ducharse él, bueno, y fuera de ella también. Estoy deseando salir de la ducha para seguir follando. ¿Y el surf? Pregunté. Luego reina, cada cosa a su tiempo…

Wednesday, October 03, 2007

Aventura en el Parque Acuático

Aventura en el Parque Acuático

Me di cuenta en la misma cola de entrada al Parque Acuático. No tenía bañador. Miré a mi hijo y se lo hice saber. Casi me da la risa cuando muy serio me dijo, que yo nunca usaba bañador, que me pusiera el bikini como siempre. Cariño, no lo entiendes, no tengo bikini, ni bañador ni nada con qué bañarme. Mami, ¿cómo te vas a bañar conmigo entonces? No creo que te dejen desnudita como siempre lo haces en nuestra piscina. Su decepción era tremenda. Bueno, dijo él reaccionando al instante, seguro que en la tienda del parque te puedes comprar uno para salir del paso ¿no Mami? Eso espero tesoro, le dije mientras franqueábamos la puerta de entrada.

Directamente nos dirigimos a la pequeña tiendita dónde lo único que encontré fue un insignificante bikini a precio de oro dos tallas por debajo de la mía. Es fin de temporada Señora, me dijo la dependienta mirándome con indiferencia. Te queda muy bien, me dijo mi hijo con tono poco o nada convincente. Pagué y salimos a buscar un sitio donde instalarnos.

Elegí una esquinita con buenas hamacas y bastante sombreada, lo más escondido que pude encontrar. Colocando los bártulos mi hijo me empezó a dar codazos para captar mi atención. ¡¡¡Mami, Mami, mira quien viene por ahí!!! Ante mi mirada interrogativa y con un suspiro de suficiencia me explicó que era un futbolista de nosequé equipo de primera división que acababa de retirarse. El susodicho sujeto iba precedido de dos niños, uno algo mayor y otro más pequeño que mi hijo. ¡ah qué bien! Comenté intentando disimular mi total y absoluta falta de interés. Mientras nos dirigíamos a la primera atracción seleccionada por mi hijo, me fue poniendo al día de las excelencias del ex-jugador. De repente se calló y me hizo entender con gestos, que estaban justo delante de nosotros, en la escalera, guardando cola para subir a la misma atracción. Por primera vez me fijé en el tipo. Llevaba un buen bañador de marca surfera, que a pesar de su amplitud, evidenciaba un estupendo trasero. Su espalda musculosa y bronceada no era nada desdeñable tampoco. Los rizos rubios bastante desordenados le llegaban hasta el cuello. Pensé que necesitaba un buen corte de pelo. Cuando se giró y me miró sonriendo, tuve la certeza de que se cachondeaba de mi lamentable aspecto. He de reconocer que mi autoestima en aquellos momentos, andaba algo maltrecha. A todo esto, mi hijo incapaz de estar callado más de cero coma tres segundos, ya estaba charlando animadamente con los niños del “presunto futbolista”. Andaban enfrascados en una apasionante conversación sobre el último juego de la game-boy. Mi hijo daba explicaciones de cómo pasar a un determinado nivel, utilizando un ataque con un pokémon, cuyo impronunciable nombre soy incapaz de repetir. Los críos le miraban boquiabiertos. Para aumentar mi estupor, el “presunto futbolista” empezó a preguntarle aspectos más concretos del ataque, tanto o más interesado que los niños. Al cabo del rato, cuando yo ya me había hecho a la grata idea de parecer invisible y a modo de disculpa, me comentó que llevaban atascados en ese nivel todo el finde y que eran incapaces de pasar al nivel superior. Bueno, dije yo por primera vez, mi hijo debe entender algo de eso, lleva pegado a la puñetera maquinita toda la semana. Entonces intervino el mayor de los niños y preguntó al mío si después de bajar por los toboganes podría acompañarles para pasarles el nivel. Tenemos la game-boy aquí, en el bolso de las toallas. De repente noté cuatro pares de ojos clavándose interrogativos y suplicantes en mí. No pude responder pues peldaño a peldaño habíamos llegado al final de la escalera, y padre e hijos se estaban acomodando en la barquilla redonda. Aliviada pensé que desaparecerían de mi vista de un momento a otro, pero cual no sería mi sorpresa cuando la encargada dijo que se necesitaban cinco personas para ocupar el flotador y antes de que yo pudiera reaccionar, mi hijo ya estaba dentro increpándome para que subiera. Miré atónita y cogí recelosa la mano que el “presunto futbolista” me tendía sonriente. Al sentarme junto a él no pude evitar que nuestras piernas se rozaran y para mi estupor noté como una descarga eléctrica me recorría toda la pierna. Dando un respingo le miré comprobando por su expresión que él había sentido lo mismo. Antes de poder mediar palabra ya nos estábamos deslizando por la pendiente a toda velocidad. Los críos gritaban entusiasmados, mientras yo luchaba por permanecer lo más alejada posible del “presunto-eléctrico-futbolista”, rogando a todos los dioses que el diminuto bikini se quedara en su sitio. Tras la última pendiente “amerizamos” con un tremendo chapoteo y salimos del agua entre risas infantiles.

Andaba yo ocupada en intentar recolocar mi voluptuoso cuerpo en tan exiguo trozo de tela, cuando oí que no me preocupara, que me quedaba fenomenal y que ni siquiera se notaban las dos tallas menos. Me volví incrédula y allí estaba él, sonriendo inocentemente. Confesó que estaba en la tienda en el momento de la compra. Lo siento, dijo con franqueza, no pude evitar enterarme de todo. Venga, añadió como si tal cosa, vamos a tomar algo fresquito mientras los críos pasan el maldito nivel, luego podemos seguir mortificándonos con los demás descensos. Por cierto, me llamo Bernard, y estos son Pablo y Rodrigo, dijo mientras me tendía la mano. Noté la sonrisa de mi hijo ante la confirmación de sus elucubraciones sobre el “presunto futbolista”. Me llamo Boni, contesté mirando su mano con aprehensión, y mi hijo, Felipe. Mis amigos me dicen Felip apuntó él. Finalmente estreché su mano, notando con alivio la ausencia de descarga eléctrica. No suelo dar calambre, comentó como adivinando mi pensamiento.

La verdad es que mi nivel de sociabilidad andaba bajo cero y me apetecía estar con desconocidos deseosos de pasar niveles en la game-boy, tanto como que me dieran una patada en el mismísimo, pero cuando miré la cara suplicante de mi hijo, no pude negarme y suspirando acepté. ¡Qué despliegue de entusiasmo! Comentó sarcásticamente Bernard mientras echaba a andar abriendo la comitiva.

Tenía que reconocer que mi hijo estaba encantado con sus recién estrenados amigos y egoístamente pensé que si conseguía encasquetarlo con aquella buena gente, yo podría esconderme a tomar la sombra un ratito. Deslizarme a toda velocidad por túneles y precipicios mientras traicioneros chorros de agua a presión te impiden la visión y casi la respiración, no es, precisamente, mi idea de diversión. Aunque a decir verdad, en los últimos tiempos, “diversión”, había sido un concepto tan ausente de mi vida que me costaba recordar en qué consistía.

Y ahí andaba yo, pensando todo esto, cuando un retazo de conversación me devolvió a la realidad. Mi hijo estaba intentando disculpar mis huraños modales, contando que su padre acababa de abandonarnos por una rubia siliconada que parecía su hija. Tiene los morros como salchichas y habla como la pija más pija de todas las pijas. Parece como si mi padre se hubiera vuelto imbécil de repente. Yo no sabía dónde meterme y hubiera sido tremendamente gratificante que la tierra se abriese a mis pies y me tragase sin dejar el menor rastro de mi persona. No hables así de tu padre, fue lo único que acerté a decir.

Llegamos al sitio dónde estaban ubicados el futbolista –ya no presunto- y sus hijos, y nos sentamos en el bar mientras los niños se arremolinaban alrededor de la maquinita absorbe-cocos.

Oye, por mí te puedes ir a pasar el puñetero nivel con los críos, yo estoy bien aquí, dije con la cortesía y don de gentes que me caracteriza. Haciendo caso omiso a mi desplante, se sentó junto a mí y con tono conciliador y paternal me dijo que todo era cuestión de tiempo, que ya se me pasaría. Por lo visto él llevaba ya un año en esa situación y se sentía todo un experto. Le miré por primera vez a la cara y le dije que le agradecía sus buenas intenciones, pero que sinceramente, me importaba un bledo su vida privada y no tenía la menor intención de contarle la mía. Tampoco hace mucha falta, dijo algo molesto, ya se ha encargado Felip de ilustrarnos muy adecuadamente. Sólo quería decirte, que entiendo como debes sentirte, yo ya he pasado por ahí. ¿A sí? Contesté con manifiesto cabreo ¿tu mujer también te ha dejado por una rubia de bote con los labios como salchichas? Por un momento me miró sorprendido y de repente se echó a reír. Si no estuvieras tan avinagrada lo mismo hasta eras simpática, dijo entre carcajadas. Sí, lo mismo… dije yo entre dientes.

Ya está, anunció mi hijo orgulloso. Misión cumplida. Ya podemos volver a las atracciones. Seguimos todos juntos ¿no? Así es más divertido. Comprobé horrorizada como cuatro rostros asentían sin dudar. Mi expresión debió ser bastante reveladora y para mi sorpresa Bernard me rescató. ¿Qué os parece si nos vamos los chicos y dejamos que la chica se quede tomando el sol? ¿Puedo Mami? ¿Puedo irme con ellos? La verdad es que era justo lo que yo quería, pero por cortesía tenía que hacerme un poco la dura… No sé… dije intentando ocultar mi entusiasmo… Prometo cuidar de él, añadió el futbolista. ¿Sabrás volver a nuestras hamacas? ¡Claro que sí Mamá! Contestó mi hijo casi ofendido. ¡Hecho! Dijo Bernard levantándose. Nos vemos a la hora de comer.

Apuré mi cervecita mientras ellos se alejaban entre risas, discutiendo por la preferencia de las atracciones. Por primera vez durante días, disponía de un par de horas por delante, sólo para mí y me pareció un lujo digno de una auténtica marajá.

Me fui a buscar mi sitio, dando bastantes vueltas, pues el sentido de la orientación no es uno de mis fuertes, y cuando por fin encontré mi hamaca me tumbé a la sombra dispuesta a disfrutar de mi ratito de soledad.

Comencé a pensar en el futbolista. Era guapote y de cuerpo estaba pero que muy bien, y encima, simpático. Pensé que en una supuesta escala de follabilidad, del uno al diez, podría muy bien colocarse en un 9,75, claro que eso dependía sustancialmente de su dotación. Siempre me han gustado los hombres de contundentes herramientas. Digan lo que digan y por lo que a mí respecta, el tamaño sí que importa. Llevaba semanas de abstinencia sexual y aunque me negara a reconocerlo, lo echaba en falta. De hecho, era lo que más añoraba de mi vida conyugal. Empecé a acariciar la idea de disfrutar de un rato de placer con el chico futbolista. Siendo tan atlético tendría bastante aguante. La capacidad aeróbica es muy importante a la hora del sexo. Para uno rapidito, cualquiera está preparado, pero para una sesión de sexo, de las que a mí me gustan, hay que estar muy en forma. Sonreí y en ese momento decidí que estaba dispuesta a evaluar la “capacidad aeróbica” del muchacho. No tenía nada que perder y mucho que ganar. Me acomodé en la hamaca y dejé volar mi imaginación.

Me despertó el dulce roce de unos labios. Abrí un ojo viendo la carita de mi hijo que me miraba amorosamente. Mamá parecías la princesa del cuento. Es verdad, confirmó otro niño. Sí, sí, tienen toda la razón, oí decir al futbolista con tono de chufla. ¿Nos vamos a comer? Estamos hambrientos y hemos encontrado un sitio que tienen unos bocatas de jamón con muy buena pinta. Pues a por ellos, dije levantándome de un salto. La verdad es que yo también tengo hambre. Parece que te ha sentado bien la siesta, dijo cautamente el futbolista. Sí, la verdad es que me encuentro fenomenal, respondí mirándole fijamente a los ojos. Soy otra persona, añadí enigmática. Después de dar buena cuenta de los bocatas los críos se fueron a descansar un rato y a jugar con la maquinita mientras Bernard y yo hablábamos animadamente. Descubrí que nos alojábamos en el mismo hotel y acordamos que cenaríamos todos juntos.

Había decidido dejarme seducir por el futbolista y si eso no funcionaba, seducirlo yo a él. Necesitaba sentirme una mujer deseada así como una buena ración de sexo de manera urgente e inminente.

Ya en mi habitación me dediqué a arreglarme cuidadosamente. Después de la ducha me obsequié con un buen masaje de crema hidratante aromatizada con flor de loto, mezcla que yo misma preparo con la esencia que, regularmente, me envía Yousef, un amigo muy especial que conocí en Egipto. Caí en su preciosa tienda de perfumes y esencias por azar y congenié al instante con el guapo y encantador dueño. Tardé tres días en salir de allí y para entonces Yousef había encontrado la esencia que me acompañaría toda mi vida y yo un amante excepcional. El aroma de ésa flor es el más sensual y excitante que conozco. Se trata de la fragancia que usaba la bella Nefertari, según me informó mi experto amante perfumero. Afortunadamente, había metido un vestido en el último momento, segura de que no lo utilizaría. El generoso escote dejaba entrever mi atractivo canalillo. La seda, se pegaba a mi cuerpo marcando mi silueta de manera sensual sin caer en la vulgaridad. El color resaltaba mi bronceada piel y las sandalias de interminable tacón, terrible tortura para quien no los acostumbra, eran, sencillamente irremplazables. Mi inquisitiva mirada en el espejo me hizo descubrir que se notaba el elástico de las braguitas, así que, con un rápido movimiento me las quité. Siempre es bueno tener una excusa para deshacerse de tan abominable artilugio.

No uso maquillaje, pero siempre me pinto los labios. Es el rasgo que más se distingue de mi rostro, labios carnosos y bien torneados, objeto de complejo en mi niñez. ¡Quién me iba a decir a mí que ahora todas suspirarían por unos así! Los pinté de rojo fresa dándole una capa de brillo. Mi hijo estaba absorto viendo la tele, cuando le pregunté su opinión fue contundente. Mami estás fantástica. ¡No pareces una madre! Sin querer profundizar en su comentario, salimos hacia el restaurante.

La noche era cálida y estrellada. El perfume del jazmín se mezclaba con el de la dama de noche. Aspiré profundamente. Me sentía expectante y nerviosa cual adolescente ante una primera cita. La ausencia de ropa interior, me hacía ser consciente de mi sexualidad. Notaba el suave tacto de la seda en mi piel como una deliciosa caricia. De alguna manera, toda esa sensualidad tendría que percibirse y yo esperaba que el futbolista fuera capaz de identificarla, actuando en consecuencia.

Cuando llegamos al restaurante ya estaban sentados. Bernad se levantó cuando llegamos, para colocarme la silla y según me sentaba me susurró al oído que estaba espectacular. Se lo agradecí con una franca sonrisa.

Sin quitarme los ojos de encima, me informó que ya había pedido la cena de los niños y que esperaba que me gustara el marisco, porque lo había encargado para los dos. ¿Qué vamos a beber? Pregunté, me apetece cava bien frío. Me gusta el marisco con el cava, es más suave que el champán, menos cabezón y encima estamos en la tierra del buen cava. Excelente elección, contestó mientras llamaba al camarero.

Los niños cenaron charlando animadamente, mientras yo desplegaba todas mis dotes de seducción, descubriendo aliviada que aún tras años de no tener que utilizarlas, seguían intactas.

En cuanto los niños se tomaron el postre, dijeron que se iban a la habitación a ver la tele, y nosotros nos quedamos solos y aliviados. Bernard acercó su silla y me susurró al oído que estaba deseando quitarme ese precioso vestido y que si no nos íbamos pronto, lo haría allí mismo. Yo como si no hubiera oído nada seguí succionando cada pata de mi nécora sin dejar de mirarle a los ojos. No hay nada más erótico que comer marisco con alguien a quien deseas y tuve la certeza de su erección. De repente noté su mano debajo de la mesa, en mi pierna. Lentamente se fue abriendo camino entre mi vestido hacia arriba, para encontrarse con la humedad de mi sexo. Yo seguía chupando y sorbiendo mi nécora, sin dejar de mirarle, pensando que, en breve, en vez da la pata de nécora tendría algo más excitante que llevarme a la boca. Sólo cuando acabé tanto mi nécora como mi copa, me levanté y cogiéndome de su brazo salimos del restaurante. Cruzando los jardines de camino a la habitación, me paré en seco y le besé ardientemente apretándome contra él y comprobando que, efectivamente, su erección era reconocible incluso a través del pantalón. La tengo que me va a estallar, me dijo mientras me apretaba contra él sujetándome por los glúteos. Por favor vámonos, me increpó con urgencia.

En cuanto cerré la puerta de la habitación me puso cara a la pared y subiéndome el vestido me penetró por detrás sin mediar palabra. Noté su miembro duro, caliente, embistiéndome con fuerza, clavándome su enorme verga hasta las mismísimas entrañas. Por fin la sentía dentro. Oleadas de placer me subían hasta la garganta estallando en gemidos. Allí mismo, tuve un orgasmo tan fuerte que me temblaron las piernas. Debió notarlo pues me cogió en brazos y me tumbó en la cama.

Me quitó el vestido lenta y diestramente y sin dejar de mirarme se fue quitando su ropa, entonces me abrió las piernas y colocándose entre ellas empezó a beberse mis fluidos más íntimos. Su lengua se arremolinaba alrededor de mi clítoris haciéndome estremecer de placer. Le pedí que se diera la vuelta para que pudiera corresponder a tanto placer y nos devoramos mutuamente ansiosos e insaciables. A punto estaba de alcanzar el clímax cuando deshizo el número y cogiendo mis piernas y colocándolas sobre su torso me penetró con urgencia mientras acariciaba mis senos. Me encantaba su manera de poseerme, fuerte y casi salvaje, dándome unas embestidas que pensé me partirían por la mitad. Volví a tener otro fabuloso orgasmo, pero sin dejarme descansar, me colocó a cuatro patas y me siguió bombeando con fuerza y energía de manera casi violenta. Jamás pensé que me excitaría tanto, sentirme de tal modo dominada. Volví a correrme de manera bien reconocible y caí rendida boca abajo. Sólo entonces noté su eyaculación en mi espalda, tibia y resbaladiza.

Se tumbó junto a mí respirando agitadamente. Perdona, me dijo algo azorado, creo que he sido poco delicado. Has sido muy bruto, pero me ha encantado ¿o es que no lo has notado? Sí que lo he notado, me contestó y es esa manera de disfrutar que tienes la que me ha hecho perder la cabeza. Pues la pierdes muy bien, dije yo, mientras me dirigía a la ducha. Oye, ¿por qué no vas a echar un vistazo a los niños? Te espero aquí ¿vale? Vale Jefa, le oí que decía mientras yo abría el grifo de la ducha.

El agua caliente resbalaba por mi cuerpo. Había tenido varios orgasmos, pero lejos de calmarme me sentía aún más excitada que antes de comenzar. Ya sabía como actuaba y me había quedado muy impresionada. Era toda una novedad para mí, acostumbrada a dirigir en las relaciones, sentir ese grado de sometimiento. Deseaba volver a repetir. ¿Estaría dispuesto? Si no lo estaba se me ocurrían bastantes formas de “levantar sus ánimos”. Ya me había secado y puesto una túnica negra transparente que mucho sugiere y nada esconde, cuando oí los golpecitos en la puerta.

Me confirmó que los niños estaban dormidos. Los suyos se habían puesto el pijama, el mío se había quitado los pantalones y todos dormían plácidamente. Tienen que estar molidos, con el día que han tenido.

Nos sentamos en la terraza. La noche era cálida y acogedora. Saqué mi cajita y empecé a liar un canutito de marihuana. Yo no fumo, me dijo Bernard algo cohibido. Yo tampoco, conteste muy digna, pero últimamente tengo problemas para dormir y esto ayuda a relajarme. Tú vas a fumar conmigo y vas a ver que bien nos va a sentar. Fumamos en silencio, disfrutando de la noche y de nuestra recién estrenada intimidad. Estábamos bastante colocados y le pregunté si lo había hecho estando fumado alguna vez. Creo que ésta va a ser la primera, me dijo mientras me miraba fijamente. Me levanté despacio y le quite los pantalones entonces hice que se sentara de nuevo y allí mismo me hinqué de rodillas y me la metí en la boca. No la tenía erecta pero tampoco del todo chuchurría y según la iba chupando notaba como crecía dentro de mi boca. Es una sensación que me encanta, notar como se endurece dentro de mi boca. Al momento la volvía a tener como una piedra. Vaya, que sorpresa, pensé que ya habías tenido bastante, me dijo entre gemidos. De eso nada. Pienso sacarte hasta la última gota. Exprimirte como a un limón…

Sin quitarme la túnica me senté a horcajadas sobre él y comencé a cabalgarle sin compasión. Me gustaba llevar el ritmo y el control y al cabo de un rato tuve un soberbio orgasmo. Nos levantamos y volvimos a la cama, impacientes y excitados. Me arrancó la túnica y empezó a trastearme el ano. No había traído ninguna crema lubrificante, pero salté a por un poco de aceite corporal. Me untó con generosidad y me penetró sin demasiada delicadeza. Si no hubiera estado tan excitada me habría hecho daño, pero al momento noté como mi ano se dilataba adaptándose con naturalidad al tamaño de su miembro. Tuve repetidos orgasmos antes de que él se decidiera a cambiar de posición. Por favor dame un respiro, le pedí entre gemidos. Está bien, me contestó. Mientras me la lavo bien lavada, pide que nos traigan algo de beber, tengo la boca como un zapato. Eso es efecto de la maría, le contesté entre risitas.
Mientras llamaba al servicio de habitaciones pensé que todo estaba saliendo a pedir de boca. La capacidad aeróbica del muchacho era sobresaliente y había superado cualquier índice en mi supuesta escala de follabilidad. Era apenas media noche y disponíamos de ocho o nueve horas para seguir disfrutando del sexo.

Suspiré y por primera vez en semanas, me sentí feliz.

Saturday, May 19, 2007

El Gimnasio Ideal

El Gimnasio Ideal


Andaba entretenida en el centro comercial mirando la nueva colección de primavera-verano, cuando me encontré con mi amiga Rita. Nos saludamos efusivamente como siempre que nos encontramos e inspeccionándonos de arriba abajo, como convenía tras el largo periodo sin habernos visto, le comenté lo guapa que estaba. Chica, es el nuevo gimnasio, estoy como loca… ¿tú en un gimnasio? Pregunté incrédula. Bueno, es un gimnasio muy especial, me dijo misteriosa. Son unas clases muy personalizadas, deberías pasarte, te aseguro que te va a gustar. Créeme.

La verdad es que me dejó bastante intrigada, y hacía semanas que buscaba un gimnasio, sin encontrar el adecuado. La temporada veraniega estaba aquí mismo y no es fácil esconder nada en los minúsculos bikinis que acostumbro a usar, y eso cuando no queda más remedio, que si puedo evitarlo mejor que mejor. No hay nada comparable a darse un buen baño, ya sea mar o piscina, sin bañador, mi lema es “¡nada sin nada!”

Total, que antes de que se me pasara la euforia, me dirigí al centro de entrenamiento personal que me había indicado mi amiga. Me gustó el sitio, fácil aparcamiento y buena ubicación. Al entrar, me recibió una joven de hipnotizadores ojos y sonrisa encantadora. La sala acristalada proveía de una luz ideal para el cultivo de las orquídeas que estaban empezando a florecer y la explosión de color era sencillamente espectacular. ¡Qué sitio tan precioso! No tuve por menos de comentar. Sí, dijo ella, mirando a su alrededor, aquí se está muy bien. Estaba a punto de servirme una infusión ¿te apetece? Me dijo mientras se levantaba sin dejar de sonreírme. Definitivamente este sitio me gustaba.

Una hora después, salía del centro tras haber hecho un buen desembolso económico y con mi calendario de clases ya ajustado. Me habían gustado las orquídeas, la infusión, la chica tan agradable, las instalaciones, el tipo de gimnasia que allí me explicaron iba a realizar… Pero lo que me había convencido definitivamente era mi entrenador personal. Paolo era un guapísimo italiano de edad indescifrable, al menos para mí, que soy un auténtico desastre haciendo tasaciones temporales humanas. Digamos que estaría por los cuarenta, dadas las incipientes canas que tan ricamente le quedaban en las sienes. Su sonrisa era franca, cordial y un tanto enigmática. Su cuerpazo de armario ropero era sencillamente perfecto y su color de piel ideal, ni blancucho ni achicharrado por el sol. Él de manera técnica y profesional me había estado explicando todo acerca de este tipo de gimnasia y me había dejado gratamente sorprendida al diagnosticarme acertadamente las leves anomalías en mi espalda, para ello había palpado desde mis cervicales hasta mis lumbares, pasando por las dorsales. El contacto de sus manos no sólo no me incomodó sino que me dejó convencida de su profesionalidad. Su actuación fue ejemplar. No cabía la menor duda de que sabía lo que hacía. Después de verme andar entre las máquinas me preguntó que si era o había sido bailarina. Me sorprendió el comentario y tuve que reconocer que me había pasado la vida haciendo ballet clásico, pero que lo había dejado hacía unos meses al haberme quedado sin profesora. Desde entonces no había encontrado ningún tipo de gimnasia adecuada a mis exigencias. Mirándome fijamente y con un destello de picaresca que al menos a mí me pareció adivinar, me dijo con su sensual y cadencioso tono de voz, que había encontrado el sitio adecuado. Estaba seguro que “aquello” me iba a gustar.

Ya en el coche camino de casa me sentía algo nerviosa, excitada y con unas ganas enormes de comenzar mi programa de entrenamiento. Era verdad que costaba una pasta, pero también era verdad que eran clases privadas, además no tenía que invertir en ropa, pues había notado que con la mía de ballet iría perfecta y encima se trabajaba descalza, con lo que me evitaría esas horribles y antiestéticas zapatillas deportivas. En fin, mi coquetería natural e innata en este caso estaba más que justificada…

Las primeras clases fueron extenuantes. Paolo me hacía trabajar durísimo exigiéndome siempre la perfección extrema. Me corregía los movimientos, tocando, oprimiendo y colocando mi cuerpo como si de algo ajeno a nosotros dos se tratase. En una ocasión, me forzó tanto un estiramiento que pensé que me iba a romper. Más tarde se medio disculpó diciendo que no soportaba que la gente, pudiendo, no diera el máximo en cada entrenamiento, cuando le comenté que creía que me había molestado los aductores me hizo tumbar en la camilla de masajes y me estuvo masajeando hasta que los dejó como nuevos. El aductor, es el músculo que va desde la ingle hacia la rodilla por la cara interna del muslo. Cada vez que Paolo subía su mano hacia la ingle yo me estremecía, y no precisamente de dolor… Me estaba excitando mucho y él tenía que notarlo. Una de las veces su entrepierna rozó mi antebrazo y me pareció detectar su erección, pero no podía asegurarlo.

Esperaba con ilusión cada clase con Paolo, me preparaba como de una auténtica cita se tratase. Siempre acudía recién duchada y levemente perfumada, ligeramente maquillada y eligiendo el modelito con precisión y cuidado. Afortunadamente para mí, tenía una extensa colección de mallas y bodys que se adaptaban a mi figura como una segunda piel. Siempre he tenido una gran facilidad para que mi cuerpo responda al ejercicio y esta vez no había sido una excepción. Mi figura se había estilizado aún más y mis músculos eran de piedra. Ya las agujetas no eran tan atenazantes y Paolo se veía en cada clase, más y más complacido con mi trabajo.

Aquella tarde cuando llegué la puerta estaba cerrada, extrañada toqué el timbre.

Al cabo de un momento Paolo apareció con su radiante sonrisa. Se disculpó por tener la puerta cerrada, pero es que estaba sólo en el centro y prefería tener cerrado por seguridad. En cuanto entré, volvió a echar la llave. No va a venir nadie, dijo mirándome directamente a los ojos, no hasta mañana, y creo que para entonces ya habremos terminado ¿no? Yo comencé a andar hacia la sala de entrenamiento y le oí comentar desde atrás el fabuloso trasero que se me estaba poniendo. Bueno, tú tienes la culpa… le dije coqueta. Si, eso suelen decirme, respondió con un tono muy malicioso. Por cierto, hoy creo que vamos a hacer ejercicios nuevos, me dijo. A mí me parecía todo, lleno de doble sentido, pero ignoraba si era mi calenturienta imaginación o realmente él estaba insinuándose. A esas alturas yo andaba bastante nerviosilla y con un grado de excitación realmente elevado. Hasta la música que comenzó a sonar, hoy parecía diferente, más íntima, seductora y sensual. Empezamos el programa de calentamiento y estiramiento de la forma habitual, y cuando yo ya estaba tan convencida como decepcionada de mi paranoia, me dijo que me levantara. Íbamos a trabajar en el “rulo”.

Había visto con anterioridad trabajar en éste aparato, aunque yo nunca lo había hecho. Era una especie de potro con diferentes accesorios. Me ayudó a subir a él y comenzamos a entrenar.

Necesitaba que me corrigiera continuamente la postura, con lo que notaba sus manos aquí y allá, lo que de nuevo su contacto, comenzó a avivar mi deseo. Me costaba concentrarme en las explicaciones de lo excitada que estaba. Finalmente me enseñó un estiramiento en que quedaba tumbada bocabajo a lo largo del aparato. Mis brazos y piernas quedaban colgados sin tocar el suelo. Para acentuar el estiramiento, Paolo tiró de mis brazos desde atrás con lo que tuvo que rozar su zona pélvica contra mis glúteos. Casi imperceptiblemente me apreté contra él y noté de forma instantánea su erección. Mi excitación era ya imparable, necesita sexo. Allí. En ese preciso momento.

Me ayudó a bajar quedando entre el aparato y su cuerpo. De nuevo me apreté contra él buscando su erección y él me devolvió el apretón. Por fin parecía que aquello prosperaba. Comencé a moverme contra él de manera invitadora y sensual. Suavemente noté como me quitaba las mallas y acariciaba mis glúteos. Yo jadeaba completamente entregada. Me apoyó de nuevo contra el aparato y note como sus dedos maniobraban entre mis labios en busca del clítoris. Yo estaba empapada. Entonces y para mi sorpresa noté como me abría también el ano y trasteaba en él con pericia y buen hacer. Ignoro como hacía aquello pero el placer era tremendo. Hurgaba en mi vagina y mi ano al mismo tiempo, notaba como si cientos de dedos me recorrieran por dentro, pinzando cada una de mis fibras sensibles. Era obvio que estaba disfrutando de lo lindo, dada mi naturaleza expresiva. Con mi excitación y el intenso placer que me estaba proporcionando no tarde en correrme estrepitosamente. Me tomó de la mano y me condujo hacia las maquinas en que entrenábamos normalmente, diciéndome, veras que utilidades tan atractivas tienen estas maquinitas…Yo me dejaba hacer, al fin y al cabo él era el profe y hasta ahora no parecía que necesitara ningún tipo de indicación. Me tumbó en una de las máquinas y me quitó lo que me quedaba de ropa, suavemente acarició todo mi cuerpo murmurando vete a saber qué en su idioma. Siempre me ha gustado el italiano, lo he encontrado muy sensual. A lo mejor era la intuición de lo que estaba en estos momentos aconteciendo. Se acercó a mi oído y me susurró algo así como que me deseaba desde el primer momento en que me vio. No le creí, pero me encantó oírlo, decidí no pensar y simplemente disfrutar del regalo que la vida me estaba ofreciendo. Me dejé atar los pies en las correas. Me iba a dejar hacer de todo, y así se lo hice saber. Entre risitas me contestó que eso era lo que pensaba hacer. Me sorprendió cuando apretando un botón las poleas empezaron a tensarse y noté como las piernas se abrían y elevaban al mismo tiempo. ¿Qué tal tus aductores? Me preguntó mientras acariciaba mi vello púbico. Muy bien entrenados, le contesté yo risueñamente. Allí estaba yo con mis piernas abiertas, con mi sexo totalmente ofrecido para que hiciera con él lo que quisiera. Después de acariciarme suavemente hundió su cara en él y comenzó a chupar suave y diestramente. Tuve que ahogar un alarido y un escalofrío de placer me recorrió todo el cuerpo. Soy una mujer activa sexualmente desde hace décadas y tengo que confesar que jamás nunca nadie me ha proporcionado un placer tan intenso. Era como si conociera mi cuerpo perfectamente, como si pudiera sentir todo el placer que yo experimentaba. Yo ya no sabía si era el mismo orgasmo que no cesaba o uno tras otro. La verdad es que no me preocupaba mientras siguiera sintiendo todo aquello.

Cuando estaba a punto de desfallecer de tanto placer, noté un cambio de estrategia. Me di cuenta que se estaba quitando la ropa y que se colocaba entre mis piernas sin quitarme las poleas y sin bajar mi cuerpo. Más que por curiosidad que por queja, levanté la cabeza, entonces, él con la mayor naturalidad del mundo, me informó que me iba a follar bien follada, si no tenía inconveniente, claro. Yo le dije que más que inconveniente lo encontraba conveniente. Sin más, me metió todo el miembro con una decisión que de no haber estado tan sumamente empapada hubiera resultado dolorosa.

El miembro viril iba a juego con la persona que lo portaba. Calibre grueso, enorme, una auténtica estaca. La contundencia de sus embestidas era prodigiosa y yo allí atada, lo único que podía hacer era disfrutar y retorcerme de placer.

Como me gusta follarte, le oí gemir entre embestida y embestida. Cuando empezaba a estar cansada de la misma posición, que no de sentir placer, aflojó las poleas y me bajó de la camilla. Entonces sin darme tiempo ni para respirar, me puso a cuatro patas y me penetró furiosamente. Yo seguí haciendo lo único que podía hacer, dadas las circunstacias, gemir y correrme una y otra vez. Entonces sin previo aviso me tumbó boca arriba y eyaculó encima de mí. Nunca he visto tanta cantidad de semen, notaba como caía sobre mi pecho a borbotones y me encantó sentir su caliente viscosidad sobre mí. En cuanto terminó, me tomó de la mano y me llevó a la ducha. Ven, me dijo, te voy a lavar muy a fondo…

Nos duchamos juntos enjabonándonos mutuamente. La verdad es que este gimnasio cada vez me gustaba más… Ya fuera de la ducha y mientras nos secábamos, me informó que se iba de vacaciones a Italia. Iba a estar un mes entero allí. Se me debió quedar una cara bastante rara, pues me dijo como quien consuela a una niña, que no me preocupara, que ya había hablado con Raquel. Una chispa de malicia pareció brillar en sus ojos cuando añadió, es una entrenadora muy profesional y estoy seguro de que vais a trabajar muy bien juntas…

Sunday, March 25, 2007

Mi amiga Marianne

MI AMIGA MARIANNE


Todo empezó cuando recorriendo la ciudad tropecé con aquel edificio. El antiguo internado. Imágenes y recuerdos comenzaron a llegar a mi mente de manera desordenada. ¿Cuántos años habían pasado? Fue aquel año en el que a mi padre le destinaron al extranjero y yo tuve que quedarme sola en aquel horrible lugar. ¿Sola? ¿Horrible? Empezaba a recordarlo todo. Me pareció increíble que en tantos años, no hubiera pensado en aquella época.

La imagen de ella me llegó al instante. Alta. Morena. Elegante figura. Tipazo de escándalo. Los pechos mejor plantados de todo el internado. Segura de sí misma. Con aquella risa fácil y contagiosa. Marianne Svensson. De su padre sueco tan solo había heredado el apellido, su fortuna y bueno, aquellos magníficos ojos del azul más exquisito que jamás haya existido. Ojos que no miraban, traspasaban hasta lo más profundo de tu ser, sintiéndote desnuda ante ellos. Marianne… El recuerdo de mi amiga me hizo suspirar llena de añoranza. Ella, mi confidente, la persona más importante de aquel entonces.

Una punzada de dolor me recorrió. Aún después de tantos años seguía echándola de menos, arrepintiéndome de lo pueril de mi comportamiento después de lo sucedido… En éste momento la necesitaba a mi lado. Quizás más que nunca. Me sentía como aquella cría de dieciséis años, medio abandonada a mi suerte y adoptada por aquella mujer de dieciocho a la que yo admiraba e idolatraba en secreto. Noté con estupor como resbalaban las lágrimas por mis mejillas. Razones no me faltaban. Acababa de firmar la sentencia de divorcio, ¡el tercer fracaso matrimonial! Mis padres habían fallecido meses atrás, primero mi padre y semanas más tarde mi madre, incapaz de seguir con su vida sin él.

Definitivamente, nadie podría tacharme de llorica. Me pregunté qué me diría Marianne ésta vez. Siempre le sacaba el lado cómico a todo. La verdad es que lo iba a tener difícil en estos momentos. Sin pensarlo dos veces entré en el edificio. Me dirigí a recepción y tras una breve presentación le dije a la monja que necesitaba contactar con una antigua alumna… Para mi sorpresa, salí del edificio minutos más tarde con una dirección y teléfono apuntados en un papel.

Una vez en casa, me preparé un baño bien caliente, decidida a mimarme, ante la imposibilidad de que alguien más lo hiciera por mí. Encendí velas alrededor de la bañera y esparcí en el agua una buena dosis de mi fragancia favorita. Me preparé un güisqui despachado con generosidad, pero de esa magnífica botella que escondí para que el impresentable de mi ex no arramblara con ella como con todo lo demás. Güisqui solo, como a mí me gusta. Mira que echarle coca-cola a esta maravilla de la naturaleza… Pero que pedazo de membrillo… Música suave, luz tenue… Me metí en la bañera y marqué el número.

Ignoraba si el número sería correcto o quien respondería al otro lado, y la verdad, no me importaba gran cosa, digamos que no tenía nada que perder. Empezó a repicar, una, dos, tres, a la quinta y a punto ya de colgar, una somnolienta pero conocida voz contestó en sueco. ¿Marianne? Pregunté, soy yo…Tras un silencio que me pareció interminable, oí una estrepitosa carcajada ¿Tu? ¿Tu? No me lo puedo creer, sigues igual de colgada. ¡La madre que te parió! Se me escapó una risita que hacía lustros había olvidado y comenzó una charla que duró hasta que el agua se quedó congelada. Para entonces Marianne ya lo había organizado todo. Yo cogería el primer vuelo disponible a Estocolmo. Sólo tenía que hacer la maleta. Ella me esperaría en el aeropuerto.

De camino al aeropuerto, comencé a recordar todo aquel año con Marianne.

Por ser la última en ingresar en el Centro y ya con el curso empezado, me acoplaron en la única habitación que quedaba disponible. Ya habían pasado tres chicas antes por ella y ninguna había aguantado. Preferían irse a una triple. Marianne tenía fama de rara, entre otras muchas cosas. A mi me daba igual. Todo me daba igual. Había llorado y suplicado a mis padres que no me dejaran allí, que me llevaran con ellos, pero no estaban dispuestos a que perdiera un curso escolar y fueron inflexibles.

Desde el primer momento nos caímos bien. Supongo que actuó la ley de la compensación. Ella hablaba continuamente, yo apenas abría la boca, ella era de una belleza exultante, provocadora de la envidia en muchas de las internas, yo pasaba desapercibida, y a su lado, era sencillamente transparente. Mientras Marianne podía disertar en varios idiomas y durante horas sobre cualquier asunto ya supiera o no del tema, yo, en cuanto alguien me miraba, me ruborizaba hasta las orejas sin poderlo remediar y era incapaz de articular palabra.

Recuerdo la primera noche con ella. Apenas nos habíamos presentado, se quedó completamente desnuda, ella no soportaba la ropa y llevaba la imprescindible y durante el mínimo tiempo posible. Después, sacó una cajita de su armario y comenzó a liarse un porro de hachis. Sin parar de explicarme las excelencias de la sustancia y sus múltiples cualidades beneficiosas, me ofreció que lo encendiera, privilegio que nunca concedía a nadie, aunque eso, como muchas otras cosas, lo fui descubriendo poco a poco.

Le dije que nunca lo había probado y que ni siquiera fumaba tabaco, a lo que Marianne muy digna me contestó que ella tampoco, que fumar era una mierda y que ella usaba el mínimo de tabaco para poder hacer la mezcla. Fumé con ella, y para mi sorpresa, no solo no me sentó mal, sino que me relajó y me liberó casi de manera inmediata de las tensiones acumuladas durante tantos y tantos días.

Fue entonces cuando sacó del armario otra caja. Su colección de “juguetitos” como ella los llamaba. Me quedé perpleja ante la variedad de vibradores, consoladores, bolas y artilugios sexuales varios. Ella me informó que de buena gana los compartiría conmigo, pero que era muy escrupulosa y prefería que yo tuviera los míos. Eso si, se ofreció para acompañarme y asesorarme en cuanto yo se lo pidiera.

Recuerdo el ataque de risa que me dio. Me resultaba una situación surrealista, la primera de muchas a las que pronto me tendría que acostumbrar. Estaba llorando de risa, y tuve que aceptar que era inmensamente más agradable que hacerlo de pena. Por su parte, Mariannne me estaba regañando, pues “así no había manera de concentrarse…”

Marianne…

Ya estábamos en el aeropuerto. Pagué al taxista y me dirigí al mostrador que mi amiga me había repetido con martilleante insistencia. No me sorprendió comprobar que lo había arreglado todo con la eficiencia que siempre la caracterizó y en unos minutos estaba sentada en un bar con mi botella de güisqui y un precioso vaso de cristal de Murano, vestigio de algún regalo de boda, -a saber de cual-. Odio volar y había decidido acabar la botella de malta, bien envejecida en barrica de roble, antes de meterme en el condenado avión.

Bajo los primeros sopores del alcohol, seguí pensando en mi vida con Marianne. Se me hacía raro que después de tantos años, en sólo unas horas iba a volver a estar con ella.

De nuevo la punzada en el estómago al recordar “aquello”…

Después de nuestra primera noche, nos hicimos, sencillamente, inseparables. Ella no tenía que estudiar, no lo necesitaba, sólo con atender vagamente en clase, le era más que suficiente para aprobarlo todo con unas notazas increíbles. Yo tampoco tenía que estudiar, ella siempre se encargaba de hacer primero mi examen y después el suyo. Jamás nos pillaron y la nota media a final de curso fue de sobresaliente para las dos.

Salíamos y entrábamos del internado cómo y cuándo queríamos, Marianne tenía las llaves de la puerta de servicio, utilizada por las empleadas de la cocina. Nunca supe exactamente cómo las había conseguido, pero intuía que la complicidad existente entre una joven cocinera y ella tenian mucho que ver con todo aquello. Salir era tremendamente sencillo. Entrar sin hacer ruido, era mucho más difícil. Invariablemente llegábamos con unos colocones tremendos y al intentar contener la risa lo único que conseguíamos era no poder parar de reír. La verdad, ahora que lo pienso, no comprendo como nunca nos descubrieron.

Fue una noche, en las que yo estaba más cargada que de costumbre, cuando sucedió todo.

Yo había bebido y fumado mucho más de lo habitual. No me gustaba la gente con la que mi amiga había quedado. Eran más mayores que yo, gente intelectual, bastante rarita, con la que yo nada tenía en común excepto a Marianne. En cuanto salimos de aquel antro, me di cuenta que apenas me tenía en pié. No cogimos taxi con la esperanza de que el paseo me despejara un poco. Ella me sujetaba por la cintura y yo llevaba mi cabeza reposada en su hombro. Su calor y su olor tan familiar me fueron calmando mi mal humor. Me iba regañando dulcemente y de vez en cuando tenía que sujetarme para que no me cayera, con lo que me tenía que abrazar con fuerza y determinación.

No se muy bien como entramos y subimos a la habitación, pero si recuerdo a Marianne quitándome la ropa. También recuerdo como si de ayer se tratase, la suavidad de sus manos, siempre tan calentitas, acogedoras y confortables. Podría haberme desnudado yo misma, pero la dejé hacer, intuyendo vagamente lo que iba a pasar. Cuando ambas estuvimos desnudas, comenzó a acariciarme muy suavemente, apenas rozándome la piel. Yo me sentía tan sensible, que sólo el roce de sus dedos me hacía estremecer. Entonces me volví hacia ella buscando su boca. Marianne dio un respingo y se separó de mí, pero yo le cogí suavemente la mano y la deposité en mi pecho, mientras con la otra mano acariciaba el suyo de manera natural. Noté su estremecimiento y supe que ya no habría vuelta atrás.

Muy despacio, como a cámara lenta, se inclinó sobre mí y empezó a acariciarme con los labios y lengua mis pezones. Me los untaba delicadamente de saliva y luego cuando estaban bien húmedos, soplaba suavemente, haciéndome estremecer de placer. Ella logró aquella noche, lo que nunca nadie ha vuelto a conseguir jamás, que tuviera un fabuloso orgasmo tan sólo estimulándome los pezones. Después se tumbó sobre mí de manera que dejaba al alcance de mi boca su sexo, mientras ella abría con delicadeza mis labios y comenzaba a mover su lengua dentro de mi sexo. Ahogué en su sexo el grito de placer que me subía desde las mismísimas entrañas e intenté copiar lo que ella tan diestramente me estaba haciendo a mí. Succionando y chupándonos mutuamente perdí la noción del tiempo así como la cuenta de los numerosos orgasmos encadenados que estaba experimentando. Nuestros cuerpos se entrelazaban sudorosos devorándose ansiosos, ávidos de lujuria y pasión desenfrenada. Mucho tiempo después y sin saber bien cómo había sucedido, noté como nuestros sexos se apretaban uno contra el otro, los clítoris duros, juntos, pegados, refregándose con inagotable frenesí. Hasta entonces, nunca había sentido algo parecido, y a decir verdad, jamás he vuelto a experimentar ese grado de placer.

Tras aquella noche, se levantó un muro entre nosotras, de hecho, fui yo quien lo levantó. No sabía como comportarme después de “aquello” y me fui alejando de ella, hundiéndome en un silencio más y más impenetrable.

Volví con dificultad a la realidad cuando oí por megafonía la última llamada para mi vuelo. La botella estaba vacía y el vaso se podía quedar acompañándola. Hacían buena pareja. Concentrada en caminar lo mejor posible, me dirigí a la puerta de embarque.

Ya acomodada en mi asiento cerré los ojos y pensé que mi vida no podía hacer otra cosa que mejorar.

Algunas horas más tarde, con mi exigua maleta en la mano, me encontré con Marianne esperándome. Nos miramos a los ojos larga y detenidamente. Nos reconocimos. Lentamente, muy lentamente nos fundimos en un abrazo. Sobraban las palabras, ya habría tiempo para ellas, estábamos juntas por fin y eso era lo único que importaba. Mi amiga Marianne… y yo.

Wednesday, March 07, 2007

Una de Vaqueros

Una de Vaqueros


Camino a la estación andaba nerviosa y excitada por igual. El típico estado de ánimo que me produce la idea de conocer a un hombre con el único propósito de practicar sexo con él. La verdad es, que el día que deje de sentir esa sensación, dejará de interesarme este tipo de contactos. De hecho, a veces, ha sido más excitante todos los preparativos anticipando el momento, que el momento en sí.

Mi marido me miraba de reojo mientras conducía, con su típica sonrisa burlona y lasciva que tanto me gustaba y a la que ya me estoy empezando a acostumbrar. Prepárate cariño, me dijo mientras me acariciaba la pierna subiendo su mano lentamente, vas a disfrutar de lo lindo.

Un estremecimiento de placer me recorrió todo el cuerpo, no sé si por efecto de la mano que había llegado a sitios comprometidos, o bien, ante la idea de poder disfrutar de las atenciones de dos hombres, deseosos de satisfacer todas mis fantasías y requerimientos.

¿Cómo sería el tejano en realidad? Habíamos chateado durante horas. Me hacía reír con su manera de expresarse tan chicana. Él no bebía, “tomaba”, no hablaba, “platicaba” y por supuesto, no follaba “cogía”. Cuando hablé con él por teléfono, su voz y su encanto me llegaron claramente. Le había visto en fotos, por cam… En fin, no esperaba sorpresas desagradables. Se había tenido que cruzar toda España para venir hasta aquí, toda una odisea. Primero autocar, después avión y más tarde el tren. Ya estábamos llegando. El momento se acercaba…

El constante fluir de gente en la estación me desconcertó. ¿Cómo voy a encontrarle? De repente una mano rozó mi codo. Ahí estaba él. La verdad es que su aspecto de yanqui prototipo contrastaba con su manera de hablar y su simpatía mejicana. Nos besamos castamente como convenido, mientras ellos se estrechaban la mano cordialmente. De camino al coche, noté como me inspeccionaba la retaguardia, lo que provocó el consiguiente coqueto contoneo por mi parte.

Llegando al coche le propuse sentarme con él en la parte trasera para poder ir charlando, lo que le pareció una estupenda idea. La argucia había sido ideada por mi parte con anterioridad y ya pactada con mi marido.

Al subir al coche, mi vestido cruzado se abrió ligeramente, enseñando ese par de piernas con las que La Madre Naturaleza me ha obsequiado. Me senté muy pegadita a él y le cogí mimosa la mano. ¿Es verdad que nunca llevas bragas? Me susurró al oído. Compruébalo tú mismo, le respondí mientras me acomodaba y abría mis piernas para facilitar la labor de inspección. Me miró dubitativo, primero a mí y después a mi marido. Le cogí la mano y besándola suavemente comencé a succionarle la punta de los dedos, chupándolos amorosa y delicadamente uno tras otro, antes de dejar la mano en la parte interior de mis muslos a manera de invitación.

Sonrió por primera vez mientras acariciaba mi entrepierna, subiendo lentamente. Noté como su pantalón vaquero se abultaba casi de inmediato, le acaricié para cerciorarme de que mi apreciación había sido correcta. En efecto, la tenía como una piedra. Él a su vez, ya estaba comprobando con evidente deleite mi ausencia de ropa interior. Nos besamos por primera vez mientras nos toqueteábamos con frenesí.

De repente hubo un movimiento brusco del coche. Entre carcajadas increpé a mi marido su falta de atención a la carretera. Nos estaba observando por el espejo retrovisor, y claro, su distracción había sido más que justificada.

Me tienes bravo mamita, me susurró al oído mientras me masturbaba decididamente. ¿Te ape una mamadita de reconocimiento? Le pregunté con tono inocente. Rápido como una bala, dejó al descubierto su miembro, el cual tomé entre mis manos y besuqueé antes de darle un buen repaso con mi lengua.

Mi tejano empezó a gemir y retorcerse de placer con una energía y a tal volumen, que fue más que evidente para el conductor, lo que estaba pasando allí detrás. Aunque yo no podía ver a mi marido, estaba segura de su tremenda erección y me apenaba no poder ocuparme también de él en ese momento.

De repente el tejano me separó con delicadeza de su miembro y me abrió las piernas mientras me acomodaba en el asiento. Ahora era él quien hundía su cabeza entre mis piernas. Mi marido nos miraba por el retrovisor. Mientras me invadía una oleada de placer le lancé un silencioso y cariñoso beso. Sabía que tenía que estar ardiendo y eso me excitaba a mí aún más. No podía –ni quería- reprimir los gemidos de placer que se me escapaban, y tuve un escandalosísimo orgasmo. Me encantó correrme allí mismo, y me aseguré de que ámbos caballeros se enteraran de ello.

Definitivamente si el tejano lo movía todo como su lengua, el finde iba a ser memorable.

Para mi sorpresa estábamos ya en el parking del apartamento. Me recompuse y salí del coche, deseando llegar cuanto antes a la intimidad del interior.

Ya en el ascensor, me arrebujé mimosa contra mi marido, confirmando mis sospechas sobre su estado de excitación. Vaya vaya, me susurró al oído mientras me apretaba contra su tremenda erección, veo que tienes un gran problema de timidez…

Entramos en el apartamento y le pedí a mi marido que sirviera bebidas frescas, mientras yo me sentaba con mi tejano para seguir con nuestras cosas.

Después de refrescarnos por dentro, a mi tejano le apeteció una duchita y me sugirió que le acompañara. Yo encantada con la idea, le seguí al cuarto de baño. Bajo el agua caliente y enjabonándonos mutuamente nos volvimos a calentar. Yo quería que me penetrase, pero a ninguno de los dos se le había ocurrido traer material profiláctico. A punto estaba mi tejano de salir corriendo, cuando le detuve. A gritos, le pedí a mi marido los preservativos. Me encantaba la idea de que fuera él quien los trajera y ya de paso, echara un vistazo a lo que allí iba a acontecer. Agradecí el detalle a mi maridito con un húmedo beso y noté su deseo de unirse a nosotros. Espéranos fuera cariño, ahora vamos todos a la camita… Como tú digas princesa, me dijo mientras se tocaba el miembro a punto de estallar.

Mi tejano ya estaba preparado y me colocó cara a la pared apoyándome una pierna amorosamente en el borde de la bañera. Sujetándome por las caderas me penetró desde atrás diestramente. La posición era muy cómoda y yo me relajé de inmediato dedicándome a disfrutar, cosa en la que, dicho sea de paso, soy toda una experta. Poco a poco fue acelerando el ritmo, dejándose guiar por mis gemidos de placer, cada vez más y más evidentes. Esperaba que mi marido me estuviera oyendo. El agua nos caía acompasadamente y yo no paraba de gemir. Tuve un largo y estremecedor orgasmo. Por fin salimos de la ducha envueltos en sendas toallas.

Mi marido me estaba esperando ansiosamente. Me arrancó la toalla y me tumbó en la cama sin muchas contemplaciones, sin mediar palabra se tumbó sobre mí y me penetró con decisión. Vaya como te has puesto, me susurraba mientras me embestía violentamente. Nunca me lo había hecho de manera tan salvaje. Estaba tan excitado que casi parecía furioso. Yo me retorcía de placer entre incontenibles alaridos.

Entonces vi al tejano. Apoyado en la puerta, se la estaba sujetando mientras la acariciaba, luciendo una amplia sonrisa. Se le notaba con ganas de entrar en acción.

Después de correrme un par de veces, sugerí a mi abnegado esposo que me penetrara por detrás. Él siguiendo mis indicaciones me lubrificó el ano y comenzó a penetrarme, lentamente, entonces mi tejano se acercó y me la metió en la boca mientras me manipulaba el clítoris y vagina con eficiencia y dedicación.

La penetración anal iba muy bien y ya la tenía toda dentro. El ritmo se iba haciendo más y más rápido así como mi respiración.

Las embestidas eran ya muy fuertes, pero lejos de molestarme me hacían disfrutar salvajemente. Estaba fuera de mí y entre alarido y alarido le exigía imperiosa que se moviese más y más rápido. De nuevo volví a sentir una tremenda explosión de placer alcanzando el clímax una vez más.

Aflojando el ritmo, pero sin sacarla de donde estaba, mi marido, algo más calmado me anunció; y ahora querida, te la vamos a meter los dos a la vez. “Un sandwichito para la niña…”.

El tejano se echó a reír mientras me la volvía a meter en la boca. Mientras los chicos intercambiaban opiniones de cómo proceder, yo me preparaba para lo que iba a pasarme. Prefería dejar las responsabilidades técnicas en manos de tan esmerados especialistas y yo entregarme a la ardua tarea de disfrutar al máximo. Concentrarme en sentir el mayor placer y con la máxima intensidad posible, era mi objetivo prioritario.

Por fin se pusieron de acuerdo. Mi marido me giró quedando los dos boca arriba, yo tumbada sobre él con su miembro dentro de mí. El tejano, de rodillas en la cama, me levantó las piernas dejándolas sobre su torso y me penetró vaginalmente. Al principio pensé que no iba a ser posible, que no me cabría todo aquello, pero me equivocaba, al momento me sentí totalmente llena, solo de recordarlo me humedezco de inmediato. Fue lo más excitante que he sentido en mi vida, el placer era inmenso, salvaje, descomunal. Yo no podía moverme, pero ellos lo hacían muy acompasadamente, como si hubieran estado practicando toda la vida. Perdí la noción del tiempo encadenando orgasmo tras orgasmo. Cuando creía que me iba a desmayar de tanto placer y casi al mismo tiempo salieron de mi cuerpo y al unísono eyacularon sobre mí, desplomándose en un amasijo de cuerpos sudorosos y agotados. Ya no sabía donde empezaba y acababa cada uno de nuestros cuerpos. Fue entonces cuando sentí la mano de mi marido que amorosa apretaba la mía. Nunca un simple apretón de manos fue tan elocuente.

Creo que me quedé dormida, agotada y feliz. Me desperté suavemente zarandeada por mi marido. ¡Venga! Date una duchita y prepárate que nos vamos a cenar… tendremos que reponer fuerzas ¿no? Me increpó mientras besuqueaba mi cuello de la manera que le consta me hace estremecer.

Desde la ducha podía oír la charla distendida de mis “dos chicos” y pensé que eso del harem estaba bien, lo que ocurría es que tenía un error de base. Debería ser al revés, una mujer, yo, sin ir más lejos, podría hacer feliz a más de un hombre, por no hablar de la felicidad que yo misma iba a conseguir… Sí. Definitivamente el planteamiento estaba equivocado.

Me arreglé con cuidadoso esmero, escogiendo la ropa interior, vestuario, maquillaje… El vestido negro, escotado tanto por delante como por detrás, se adaptaba a mi silueta, resultando tan elegante como sensual. Los tacones realzaban mi figura. Me sentía muy especial sabiéndome una mujer deseada. Cuando aparecí en el salón, las miradas de aprobación fueron unánimes. Salí escoltada por mis dos chicos. ¡Pero qué suerte la mía! Un guapísimo morenazo, –mi marido- y un apuesto yanqui. Los tres camino de mi restaurante favorito, después copa en algún sitio guapo, para después volver al nidito lujurioso donde seguir con nuestros juegos… ¿Qué más se podía pedir?


Sunday, November 05, 2006

A la Sombra del Gigante


A LA SOMBRA DEL GIGANTE

Aparqué el coche a la puerta de la venta donde habíamos quedado citados y entré buscando los aseos. Cuando me miré en el espejo, apenas reconocí lo que vi. Me sentía como una extra terrestre sin mis trajes de diseño y mis tacones de vértigo. Pertrechada con mis botas de monte y mi equipo de campo no me parecía yo.
A decir verdad, los vaqueros se adaptaban a mi cuerpo como una segunda piel y la camiseta pegadita de elocuente escote, resaltaba mi generoso y bien plantado busto. Retoqué mi ligero maquillaje y me pinté los labios. Una cosa era pasar una jornada campestre y otra muy distinta parecer una zarrapastrosa. Esto último no casaba conmigo. Satisfecha del resultado salí decidida, captando las miradas del escaso y poco interesante personal rural. Pedí una Coca-cola, Light, por supuesto.

Tenía que reconocer que estaba nerviosa. Esperaba a un hombre de voz tremendamente sensual pero del que sólo conocía eso, su voz. Nunca le había visto antes. Me había sido recomendado como dueño de olivos centenarios, uno de los cuales esperaba poder adquirir para mi flamante y remodelado jardín. Yo había insistido en visitarlos personalmente para poder elegir, perfecta excusa que me permitiría conocer al poseedor de semejante voz. Esperaba que los 400 kilómetros que me acababa de hacer, merecieran la pena, si no por la voz, al menos por el olivo.

Le reconocí al instante. Era un hombre alto y fuerte cuya voz encajaba a la perfección con su físico. Después de echar un vistazo general se dirigió a mi mesa sin dudarlo. Se presentó estrechándome la mano de manera decidida y un tanto contundente. Me alegró el detalle. Me disgusta la gente que más que dar la mano te la dejan, ahí, como muerta y lo que no soporto es a esos tipos que nada más presentarse te zampan un par de besos. Su mano era áspera y dura como correspondía al hombre de campo que aparentaba ser, pero a su vez era cálida y acogedora. Le devolví el apretón con grata energía.

Si estas lista nos vamos, me dijo sin sentarse, todavía nos queda un buen trecho. Apurando mi refresco le seguí. Salió de la venta señalando el todo terreno donde se dirigía con paso decidido, desde atrás, podía ver su ancha y bien formada espalda, su estrecha cintura y bajando el estupendo trasero que se adivinaba bajo los pantalones de campo. ¿Calibrando el género? Me espetó con una voz tan irónica como sensual. Afortunadamente no se giró para comprobar mi turbación. Me abrió la puerta del copiloto, no sé si por cortesía o para poder “calibrar el género” el también. Segura de que los vaqueros resaltaban mis bien proporcionados glúteos subí al coche, demorándome coqueta.

Le vi sentarse al volante con una complacida sonrisa. Me consta que soy poseedora de un culo respingón y agresivo, muy al gusto de los varones en general y –según parecía- de éste en particular.

Toda su persona me inspiraba una gran seguridad. Era el tipo de hombre con el que podías ir tranquila. Pasara lo que pasara, con o sin olivo, ya me alegraba de haber llegado hasta allí.

¿Me pasas las gafas de sol de la guantera? Me pidió mientras me traspasaba con sus ojos verdes. Miraba de frente, a los ojos, como lo hago yo. Me disgusta la gente que rehuye la mirada, me da la sensación que no son de fiar, ni en los negocios, ni fuera de ellos. Sentí de inmediato que nos íbamos a entender y cuando le pasé las gafas y nuestras manos se rozaron se confirmó mi intuición. Espera, le dije, te las limpio un poco. La verdad es que están asquerositas Manuel. Gracias, me dijo riendo, ni me acuerdo cuando fue la última vez que las limpié. Por cierto, nadie me llama Manuel, aunque he de reconocer que me gusta. Sé a lo que te refieres, le respondí. Todo el mundo me llama Tina, aunque a mi me gusta mi nombre, Valentina. Me miró con sus risueños ojos verdes ¿Tina? Me dijo en tono burlón, Tina es el nombre más cursi que he oído en toda mi vida. Lo sé, contesté, y más con esta pinta de intrépida exploradora que llevo, pensé sin poder contener la risa. Me gusta oírte reír, me dijo muy serio, te sienta bien.

Su franqueza me pilló por sorpresa y él notando mi turbación cambió rápidamente de tema, haciéndome comentarios sobre los árboles que íbamos a ver y el paisaje en general, lo que agradecí mentalmente. En el mundo donde me muevo no se acostumbra a hablar con tanta franqueza ni de forma tan directa. Yo solía ser así, pensé, pero me he adaptado al medio para poder sobrevivir en esa jungla tan peligrosa que es la civilización, mucho más peligrosa que por dónde nos estábamos internando.

Oye, le pregunté de improviso ¿seguro que agarrará? Con cara pícara y una sonrisa tremendamente sensual me contestó que se jugaba su título de agrónomo a que agarraba, y bien agarrado… Yo entendí el doble sentido y le contesté que me refería al árbol, él sustituyendo su enigmática sonrisa por una profesional me contestó, son olivos ¿recuerdas? No son nada exigentes y si muy resistentes. Además, añadió guiñándome lascivamente, estoy completamente seguro que lo vas a cuidar muy bien. Antes de que pudiera responder, paró el coche. Ahora a pié, salió y me abrió la puerta ayudándome a salir. Bajé y respiré hondo. ¡Que bien huele a tomillo y a romero y a… campo! Así es, contestó satisfecho mirando a su alrededor. Estás en tu elemento, ¿eh? Me sorprendí diciéndole. Pues sí me contestó. Me encanta esto y adoro los árboles y sin más empezó a andar. Apenas podía seguirle, se movía de manera rápida por el olivar. Aquello era el paraíso para alguien que le gusten los árboles, como es mi caso y no había sombra de presencia humana, se oían los pájaros y los insectos y sobre todo un estrepitoso silencio. Si un olivo era bonito el otro le superaba. Que preciosidad de árboles acerté a decir. Llegado a un punto, cuando yo ya iba a pedir un descansito, se detuvo. Me señaló con la cabeza un olivo. Este es uno, dijo secamente. Miré el árbol y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Era el más bello olivo que jamás había visto. Hacia la mitad del tronco se dividía en dos hasta llegar al suelo, quedando un hueco entre ellos. Era… era sencillamente espectacular. Todo el cansancio de las horas de viaje se desvaneció como por encanto. Me quedé muda. Él me observaba en silencio sonriendo complacido. Sabía que te iba a gustar, dijo al fin. Me dediqué a darle la vuelta cada vez más impresionada y dispuesta a buscar algún fallo en él. No quería demostrar verbalmente mi entusiasmo a sabiendas de que eso incrementaría el precio, pero era obvio que estaba encantada. ¿Vemos otro? Me preguntó Manuel, por favor, susurré con tono suplicante, déjame verle un poco más. Claro, rió él. Mientras yo me dedicaba a inspeccionar aquella maravilla a fondo, él sacó de su mochila una manta y la extendió en el suelo, siguió sacando fiambreras y otras cosas que fue depositando sobre ella, sin dejar de observarme. ¿Tienes hambre? Me preguntó. Quiero éste árbol Manuel, le dije sin mirarle e ignorando su proposición gastronómica. No quiero ver otros. No lo necesito. Si nos ponemos de acuerdo me lo quedo, si no, no quiero ninguno. No después de haber visto este. El tronco, me parece las piernas de un gigante. Es, es… Lo quiero Manuel. Mientras hablaba acariciaba su precioso tronco. Me transmitía una energía y una paz indescriptibles. Fue entonces cuando me di cuenta de su presencia. Manuel estaba de pié justo detrás de mi. Podía oír su agitada respiración. Sabía que te iba a gustar, dijo, lo que no imaginaba es que también ibas a ser capaz de sentirlo. Entonces me cogió de las caderas acercando su cuerpo al mío, para que pudiera notar la tremenda erección de la que era objeto y que yo ya había intuido. Sin pensar más que en la magia del momento, pegué mi cuerpo contra el suyo de manera voluptuosa, apretándome contra él, dándole un consentimiento que no parecía necesitar. Subió las manos, cogiéndome los pechos mientras me besaba el cuello susurrándome al oído todo lo que me iba a hacer, paso por paso. Me volví para recibir su beso, húmedo, imperioso, arrebatador. Con las dos manos sobre mis nalgas me apretaba contra él y podía sentir todo su miembro erecto y duro. Yo, más que húmeda estaba empapada y me moría de ganas de ser penetrada en aquel preciso momento y lugar.

Como leyendo mi pensamiento me quitó la camiseta, quedando al descubierto la preciosa pieza de lencería de color verde aceituna, que aquella mañana había elegido con la secreta esperanza de poderme mimetizar entre los olivos. Me acarició con suavidad, la misma suavidad que yo había intuido bajo su dureza horas antes. Con exquisita pericia se deshizo de la prenda de lencería y pasó a acariciar mis pezones. Me estremecí de placer. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar del momento. Me succionaba suave y diestramente mientras yo gemía de placer. Su mano maniobraba con la cremallera de los vaqueros y con un rápido movimiento me deshice de ellos, entonces le ayudé a quitarse su ropa mientras nos devorábamos ansiosamente a besos. No llevas bragas, me dijo mientras tocaba y rebuscaba entre los labios. Nunca las llevo, le comenté entre jadeos. Pienso que son un invento del maligno. Las odio, le dije casi gritando al borde de un orgasmo. Entonces, girándome me apoyó contra el tronco del árbol y noté como me penetraba desde atrás. Su miembro era grande, potente y embestía con una fuerza descomunal, se adaptaba a mi anatomía de manera perfecta. Yo gemía loca de placer.

Siempre he deseado poder gritar a mis anchas, sin tenerme que cortar por razones vecinales o de cualquier otra índole y aquel era el momento ideal para dar rienda suelta a mi lujuria verbal.

Con un más que evidente estremecimiento tuve un maravilloso y sonoro orgasmo. Las piernas me temblaban pero mi potente agrónomo me ayudó a llegar hasta la manta que nos esperaba tan bien preparadita. Me tumbó delicadamente y separándome las piernas se hundió entre mis muslos y comenzó a chupar, mordisquear y succionar todo lo que encontró a su paso. Yo me retorcía de placer y cuando a punto estaba de llegar de nuevo al clímax, salté sobre él y empecé a cabalgarle de manera desenfrenada. Él me sujetaba los pechos y acariciaba mis pezones. Subía y bajaba rítmicamente disfrutando de su miembro y llevando el ritmo y el control. Noté que su respiración se agitaba y decidí acompañarle. Juntos tuvimos un estupendo orgasmo sincronizado. Exhausta me tendí en la manta, arrebujándome mimosa contra él y mirando mi maravilloso árbol. Sí, definitivamente eran las piernas robustas y bien musculadas de un gigante.

Abrí los ojos y lo primero que vi fue mi precioso olivo, invitador a la lujuria y la pasión desenfrenada. Me llegaba el aroma de Manuel, me había arropado con su chaquetón cuando me quedé dormida. Pero que bien olía este hombre… No a colonia ni perfumes, no, era su olor personal. Cerré los ojos y aspiré profundamente, cuando los abrí, el responsable de tan agradable olor me miraba con extrañeza. Bueno, le dije a modo de excusa, suelo fijarme en el olor de las personas, y debo decir, que el tuyo me encanta. Se sentó a mi lado. Desde luego, dijo mientras me acariciaba, pero que rarita eres. Será por eso que me gustas tanto…

Entonces me acordé que en nuestro previo encuentro sexual yo no le había proporcionado placer oral… Con lo que a mi me gusta y lo bien que se me da… Sin pensármelo dos veces lo comenté y le pregunté si le apetecía. Me miró abriendo mucho los ojos ¿quieres? Me dijo parodiando mi voz… quieres se le pregunta a los muertos, a los vivos no, la respuesta es obvia… Se tumbó en la manta y le quité los pantalones.

A la sombra del gigante la fiesta volvía a comenzar…

Sunday, October 22, 2006

Juego Sevillano

JUEGO SEVILLANO

Su simpatía y desparpajo sevillanos me habían encandilado y por fin el día de la cita había llegado… Yo, como es habitual en mí en estas tesituras, andaba hecha un mar de nervios… Mi marido, como es habitual en él en las tesituras que nos ocupan, andaba tan tranquilo ojeando el periódico. Anda, querida, cómo te vamos a poner… me decía de vez en cuando guiñándome un ojo con cara picarona… eso no hacía nada más que incrementar mi nerviosismo y supongo que cumplir el propósito del comentario…

Por fin el móvil sonó. Se había perdido. Nerviosa le di las indicaciones pertinentes y decidí esperarle en la calle. Cuando se bajó del coche noté que no era tan alto como me había parecido al verle por la web cam y de repente unas ganas locas de echar a correr en dirección contraria me asaltaron… Mis tacones de vértigo impidieron la huida…

Subimos al apartamento, y ya en el ascensor sonrío de manera tranquilizadora. Cuando llegamos, mi marido se presentó con su habitual cordialidad.

Venía sudadito del viaje y pidió darse una ducha. Le enseñé como proceder y mientras él se refrescaba me asaltó de nuevo el pánico y le dije a mi chico que yo me iba… él muy tranquilo me cogió la mano y me dijo que ni hablar… que allí estábamos para follarme bien follada y que de ahí no se iba nadie hasta cumplir el objetivo. También me recordó que el pobre sevillano había conducido 300 kilómetros para llegar hasta allí y no se merecía que lo dejara plantado.

A todo esto, el sevillano apareció en la puerta, fresquito cual lechuga tras baño de rocío y vestido con su encantadora y seductora sonrisa.

Mi marido se quitó hábilmente del medio alegando que iba a por bebidas y los dos nos sentamos en el sofá. Yo estaba muy cortada pero no parecía que fuera su caso. Me apartó el pelo de la cara y me miró a los ojos. Entonces se acercó suavemente y me besó en los labios. Su roce era muy suave y agradable y le devolví el beso. Noté sus manos tanteando mis pechos, bajando sutilmente, abriendo mi vestido y comprobando que todo estaba en su sitio… dejó de besarme y poniéndose de rodillas me quitó diestramente las bragas para proceder a chupar y lamer todo lo que ocultaban las susodichas. Cuando entró mi marido con la bandeja, dio un respingo ante la rapidez de los acontecimientos y dijo sin inmutarse que nos esperaba en el dormitorio… cuando “estuviéramos listos”. Yo más que lista estaba en la gloria… le hice un gesto con la mano de que se fuera para poder concentrarme en el placer que mi saleroso sevillano me estaba proporcionando.

Acostumbrada a recibir placer oral desde hace lustros, reconozco a un maestro en estas lides, y he de decir, que mi simpático sevillano era el maestro de los maestros. Su lengua se movía con tal destreza alrededor de mi clítoris que allí, sin más dilación, con el vestido aún puesto, tuve un estremecedor orgasmo.

Le cogí de la mano y juntos nos encaminamos al dormitorio para seguir faenando en las turbulentas aguas del sexo, y allí nos quitamos, o más bien, nos arrancamos mutuamente la ropa.

Le tumbé en la cama y comencé a hacerle la felación que se merecía en agradecimiento a su soberbia actuación y él me acomodó de tal manera que también me daba placer oral, aquello no era ni más ni menos que un sabroso número, mundialmente conocido como sesenta y nueve. Todo iba de maravilla y lo estábamos pasando francamente bien. Entonces, llegó mi marido para unirse a la fiesta y maniobrando cuidadosamente, como si de nitroglicerina se tratase, para no molestarnos en nuestra gustosa actividad, me puso a cuatro patas y comenzó a chupar y dilatar mi culito.

Llegado el momento, me untó una buena dosis de crema lubricante y empezó a sodomizarme muy lentamente. Yo de cuando en cuando, tenía que sacarme la polla de la boca para conferir grititos mitad de placer mitad de dolor hasta que noté que todo el miembro marital me llenaba. Y allí estaba yo, a cuatro patas, siendo penetrada por detrás mientras se la chupaba al sevillano que gemía y se retorcía de gusto. De repente tuve que parar de comerle pues mi placer era tal que debía concentrarme totalmente en tener otro orgasmo.

Siempre he tenido esa peculiaridad. No puedo concentrarme en chuparla mientras me estoy corriendo. Qué le vamos a hacer. Nadie es perfecto.

Caí exhausta boca abajo y mientras me recuperaba, oí cuchicheos a mis espaldas… ¿pero que estarían tramando?

Ahora date la vuelta querida, me dijo mi marido con su voz pausada y suave, que vamos a jugar un ratito. Obedecí de inmediato viendo que tenían preparado un fular de seda que reconocí como mío. Adivinando sus intenciones me presté al juego sin rechistar y presa de una gran excitación.

Me vendaron los ojos asegurándose de que no veía nada y el juego comenzó… Ahora, tendrás que adivinar quien es quien y qué estamos haciendo, como no aciertes, me temo que tendremos que castigarte… La verdad es que sonaba bastante amenazador y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

Hubo un momento de total silencio. Todo mi cuerpo se encontraba en tensión. Con un respingo noté como mis dedos del pié -derecho creo- estaban siendo succionados y me entregué a tan inusual placer. Mientras me congratulaba de mi reciente pedicura, notaba como la lengua recorría cada dedo, cada falange un profundo gemido de placer se escapó de mi garganta. Intenté incorporarme para tocar la cabeza de mi diestro succionador y así descubrir de quien se trataba, pero cuatro manos imperativas me detuvieron. De eso nada muñeca, oí decir a mi marido con voz inusualmente ronca, tú no puedes ni tocar ni moverte. Es más, creo que te tendremos que atar para impedirlo… quise protestar, pero no pude, y la verdad tampoco me apetecía, lo estaba pasando estupendamente. Confiaba en mi marido. Él nunca me causaría ningún daño… fingiendo una resistencia poco convincente, noté como sujetaban mis muñecas entre sí, para atarlas después a los barrotes de la cama por encima de mi cabeza. No tan apretadas por favor, susurré mimosa. ¡Cállate zorra! Oí incrédula como me increpaba, hasta aquel momento, mi cariñoso esposo. Se me escapó una risita nerviosa mientras oí mascullar entre dientes, esa risa te la quito yo ahora mismo. En ese momento noté como una polla pugnaba por meterse en mi boca, la abrí para recepcionarla, notando de inmediato que se trataba de la enorme y conocida polla de mi esposo. Al mismo tiempo, noté como unas manos me tocaban entre los labios buscando incesantemente mi clítoris. Al encontrarlo, procedieron a darle un buen repaso. Yo apenas podía gemir ya que tenía mi boca llena y tampoco podía separarme de ella debido a mi condición de atada. Decidí rendirme a mi suerte y disfrutar de esta nueva y excitante experiencia. Cuando estaba en el umbral del orgasmo pararon simultáneamente y me preguntaron quien era quien. No tuve problemas en contestar acertadamente, pero me quejé de que me habían dejado en el mejor momento. Ahora encanto, me dijo mi marido con voz burlona, te vas a correr cuando nosotros queramos, ni antes, ni después.

Acostumbrada a ser la que lleve las riendas en la cama, no me gustó notarme tan sometida, pero no me atreví a protestar. Tumbada boca arriba como estaba, noté como me levantaban parcialmente las piernas para poner un cojín entre el colchón y mi zona lumbar y acto seguido noté una penetración anal. Poco a poco me relajé en la postura, mis piernas en ángulo recto con mi cuerpo y apoyadas en los hombros de mi sodomizador. Aliviada, reconocí el torso suave y poco velludo de mi sevillano y me concentré en las tremendas embestidas de que era objeto. Estaba a punto de correrme y decidí hacerlo calladita (inusual en mi) para que no se percatara de mi maniobra. A punto estaba de lograrlo, cuando paró en seco. Sevillano hijoputa, bramé mientras oía sus carcajadas. Estaba tan excitada que empezaba a ponerme incluso agresiva. Entonces noté con alivio como me desataban de los barrotes de la cama, colocándome encima de un cuerpo tendido sobre la cama y me volvieron a atar las manos por encima de la cabeza de ese cuerpo, que de inmediato reconocí como el de mi marido. Sin decir ni mú me penetro vaginalmente sujetándome de las caderas y dándome unas embestidas realmente brutales. No pares, por favor cariño, no pares ahora. Mis alaridos de placer le alertaron de nuevo de mi inminente orgasmo y de nuevo el parón. De no haber estado completamente inmovilizada de seguro que el tortazo se lo lleva. Folladme de una puta vez so mamones, acerté a gritar realmente furiosa. De nuevo oí carcajadas que no hicieron más que incrementar mi excitación y agresividad.

Entonces muy suave y rítmicamente empezó de nuevo mi marido a moverse obligándome a apoyar mi cuerpo en el suyo, al momento, sentí como el sevillano maniobraba para meterla por detrás. Un poco de crema por favor, supliqué sumisa. Noté con alivio como mi súplica surtía efecto y comenzaba a penetrarme poco a poco, centímetro a centímetro, mientras mi marido no cesaba de moverse rítmicamente. Me abandoné a tan salvaje placer y tuve una doble penetración maravillosa, colosal, fantástica, sublime. Los cuerpos de mis compañeros se movían sincronizados mientras yo solo recibía oleadas de inmenso placer. Para mi sorpresa, empecé a sentir como los chicos aumentaban el ritmo, sin perder el compás y yo me derretía de puro placer. En cada salvaje embestida pensaba que no podría sentir más placer, pero a la siguiente comprobaba que el placer era todavía más y más intenso. Noté como los dos estaban a punto de eyacular e incrédula constaté que íbamos a tener un orgasmo sincronizado a tres bandas. El murmullo de gemidos se entremezclaba igual que nuestros cuerpos y al unísono nos corrimos los tres, quedando tendidos en un amasijo de cuerpos sudorosos. Por favor desatadme ya, supliqué con un hilo de voz. Claro princesa, me contestó mi marido mientras me besaba tiernamente, de momento, el juego ha terminado…